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Todo y nada

Todo, nada y yo

Una historia sobre la dualidad y la no-dualidad

Por Alexis Knight1 de diciembre de 2023

Cuando nace un bebé, no hay conocimiento. Energía y libertad absolutas e ilimitadas, ni persona, ni identidad, ni nada apareciendo como todo.

Al cabo de un tiempo, se produce una contracción a nivel energético que consolida un centro simulado dentro del cuerpo, creando una sensación de «yo», y este «yo» vive en el «aquí», dentro del cuerpo. Al mismo tiempo, esta contracción tiene lugar también en todo lo demás, ya que para que haya un «yo» y un «aquí» en el cuerpo, tiene que haber un mundo «ahí fuera». Esta simulación que, al parecer, se produce a nivel energético es el comienzo de la dualidad y el inicio de la individualidad o la personalidad. A medida que la dualidad se ha ido manifestando dentro del cuerpo, también surgen el tiempo, el espacio, la causa y el efecto.

A medida que un niño crece, su carácter se va desarrollando y moldeando en función de su entorno, sus relaciones y sus actividades. Al haber aceptado la contracción, el niño cree que tiene libre albedrío y capacidad de elección, y que, con el paso del tiempo, su vida va hacia algún sitio, en una dirección determinada, y que, gracias a su libre albedrío y a su capacidad de elección, puede influir en el camino que toma o en cómo se desarrolla su vida.

Nace el «yo»

Por lo general, aunque no siempre, a medida que el niño atraviesa la adolescencia y entra en la edad adulta, el sentido y el propósito también se consolidan. No solo existo sin lugar a dudas como un individuo real e independiente dentro de la sociedad y poseo libre albedrío y capacidad de elección, sino que mi vida tiene un propósito y un sentido que se ajustan a mi visión del futuro.

Con todos estos aspectos del individuo «encerrados» y ligados al cuerpo, hay necesidades que parecen pesar mucho. La necesidad de saber, pues si se adquiriera suficiente conocimiento e información, uno se sentiría realizado. La necesidad de que suceda algo, porque si las circunstancias de mi vida fueran exactamente como yo quisiera, sería feliz, estaría en paz y no me faltaría nada.

La consciencia es dualidad

Curiosamente, la consciencia (consciousness), la conciencia (awareness) y el conocimiento (knowing) van de la mano con la necesidad de conocer. La necesidad de conocer lo suficiente, la necesidad de conocer más sobre en qué consiste el misterio de la vida. Consciencia significa conocer; su presencia y su naturaleza consisten en el acto de conocer, y eso es todo lo que hay en la consciencia, sin algo que conocer, deja de existir subjetivamente, ya que su existencia aparente depende del objeto que conoce. Así pues, cuando no hay nada que conocer (incluida la propia conciencia), no hay nadie que conozca, y cuando no hay nadie que conozca, no hay nada que se conozca.

Por eso la no-dualidad no es una cosa, y desde luego no es cognoscible, porque para conocerla tendrías que salir de ella y observarla objetivamente, y eso requiere dualidad. Cuando vives en el conocer, vives en la separación. Y esto perpetúa, ya sea de forma sutil o burda, todo anhelo, deseo, apego, aferramiento y resistencia.

Este deseo se alimenta de la contracción energética de la separación; ser un individuo separado resulta extremadamente insatisfactorio y agotador, y esto —que es todo lo que hay y lo que no hay— nunca es suficiente, por lo que el deseo de algo más va acompañado de resistencia a lo que es.

La maravilla incognoscible

La belleza y la maravilla de todo esto radica en que es completamente ilusorio. En realidad, no le está sucediendo a nadie. El individuo que basa su identidad y su existencia en esta separación y esta conciencia no está realmente ahí; se trata simplemente de una contracción que se produce de forma espontánea. Es un sueño, una simulación que surge de la nada, y el mero hecho de buscar que sea de otra manera no hace más que prolongar aparentemente ese sueño.

Sin ninguna intervención ni intención, esta contracción energética y todos esos aspectos de Mí, junto con la dualidad que conlleva, siempre tienen que llegar a su fin. Es inevitable porque es incoherente, inestable y totalmente insustancial, por muy constante, firme y sólida que pueda parecer. Algunas personas lo reconocen como la «muerte del ego» al recordar cómo se enamoraron, al contemplar una puesta de sol increíble o al vivir alguna experiencia vital intensa que pueda rozar esa relajación, ese desvanecimiento o esa ausencia total del sentido del yo; pero, mientras un «yo» «estuviera allí», nunca podrá denominarse legítimamente no-dualidad.

Solo cuando esa sensación del «yo» haya desaparecido por completo se podrá confirmar (no conocer) que no hay centro, ni aquí ni allá, ni dentro ni fuera, ni libre albedrío, ni elección. Hasta entonces, todo esto seguirá siendo conceptual, abstracto y como si fuera algo que «yo» pudiera entender, comprender y sobre lo que pudiera meditar, pero eso no es lo mismo en absoluto.

Cuando eso se reconoce en el cuerpo, todo vuelve a estar completo; por supuesto, siempre estuvo completo; es salvaje y libre, y completamente hermoso y maravilloso, sin ningún significado en absoluto.