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Cuatro etapas a la iluminacion

Sobre la unidad con el todo

Por Carlos L'Abbate7 de julio de 2023

(Aunque este artículo utilice palabras, lo que intenta señalar va más allá de ellas, por lo que, mientras las lees, no te fijes demasiado en ellas, sino que «ve» hacia dónde apuntan.)

Todo, absolutamente todo, ocurre en este momento, ahora mismo. No hay nada que tenga lugar fuera de este momento.

Por supuesto, no parece que sea así. Por ejemplo, podemos pensar en el desayuno que hemos tomado esta mañana, algo que ocurrió hace un rato, lo que llamamos el pasado. Pero lo que ocurrió antes, sea lo que sea, solo aparece como un pensamiento en este preciso instante. ¿En qué otro lugar podemos encontrar el pasado, si no es en un pensamiento, un recuerdo o una imagen que aparece en nuestra mente ahora mismo? ¡Búscalo, intenta encontrarlo! ¿Dónde está el desayuno de esta mañana si no es en la mente? Todo lo que descubramos sobre el pasado aparecerá en un pensamiento, una imagen, un sentimiento o una sensación en nuestra mente en este mismo instante. Del mismo modo, si pensamos en algo que pueda suceder en el futuro, eso también forma parte de un pensamiento que surge ahora. Y ese algo —por ejemplo, llegar al final de esta artículo—, ¿cuándo sucederá realmente? Solo sucederá ahora. No podemos escapar del momento.

En mis clases y en mis escritos, suelo animar a la gente a volver al momento presente, ralentizando los movimientos de la mente y volviendo a la experiencia de lo que surge en ese instante (creo sinceramente que se trata de un ejercicio muy útil y necesario que debemos practicar con frecuencia en nuestra vida cotidiana). Pero, incluso cuando estamos completamente perdidos en nuestros pensamientos, incluso cuando la mente está totalmente ausente en sus propios movimientos, seguimos estando en el momento presente (los pensamientos, como cualquier otra cosa, solo ocurren en el momento presente), pero no somos conscientes de ello.

Cuando hablo de volver al momento presente, a lo que me refiero es al reconocimiento: yo estoy aquí, yo soy, yo existo, este momento es, etc., etc. Esto puede adoptar diferentes formas, pero lo importante es esa sensación de presencia —el reconocimiento (*). Es este «darnos cuenta de la presencia» lo que buscamos.

Este darse cuenta viene acompañado de la comprensión de que sí, por supuesto que hay un pasado, pero ese pasado no es más que un pensamiento en la mente; también viene acompañado de la comprensión de que hay un futuro, sin duda alguna, un futuro que requiere atención y dedicación a la hora de planificarlo, pero incluso ese futuro no es más que un pensamiento en la mente. Volver al momento presente es darse cuenta de que todo lo que hay en este gran, inmenso e impresionante universo (por mucho que parezca lo contrario) es este momento, justo ahora.

Es como ver una película. Cuando vemos una película, estamos en el momento presente, no hay posibilidad de estar en ningún otro sitio —cada nanosegundo de la película se manifiesta únicamente en ese instante—, pero si la película está bien hecha, nos sumergimos tanto en la historia que nos olvidamos de que estamos en una sala de cine, de que estamos viendo imágenes en una pantalla, ¡incluso de que existimos!… y mucho menos de reconocer el ahora. Por supuesto, esto está bien cuando vemos la película, esa es la forma de disfrutarla, pero no ocurre lo mismo con nuestras vidas. Si perdemos la presencia, si no reconocemos el ahora, nos perdemos la esencia misma de esa vida, el corazón mismo de nuestra existencia.

Hay un libro muy famoso titulado El poder del ahora. Este momento, el único momento que existe, tiene un poder inmenso. Sin embargo, para acceder a ese poder, es necesario tomar conciencia de él —en forma de «yo soy», «yo existo», «este momento es», etc. (*)—. En este ahora, en el momento presente, hay paz, hay plenitud, hay sentido, hay poder. Pero para que esto se convierta en una realidad para nosotros, hay que ver y reconocer el momento.

En este artículo, y en todos mis artículos y charlas, hablo del momento, pero cualquier cosa que diga no es nada comparado con nuestra propia comprensión del mismo. El poder reside en nuestro propio descubrimiento del mismo, y no en las palabras. Las palabras pueden ser útiles como indicio, pero en realidad no tienen ninguna importancia en sí mismas. Si utilizo el dedo para señalarte una dirección que quiero que veas, el dedo puede tener su utilidad, pero no es lo importante. Cuando se produce el reconocimiento del momento, ocurre algo muy hermoso; lo veo una y otra vez, tanto en mí mismo como en otras personas. Cuando hablo de la presencia, veo que, por lo general, la gente intenta prestar atención a lo que digo; es como prestar atención al dedo. Pero luego, a veces, veo que alguien realmente se aleja de «el dedo» y ve y reconoce aquello a lo que realmente estoy señalando, y en ese momento ocurre algo muy hermoso en esa persona, como un resplandor, como un momento de verdadera quietud, de silencio, de amplitud que brilla como una luz resplandeciente.

Cuando estamos perdidos en la mente, aunque estemos en el momento presente, no somos capaces de reconocerlo, y en ese estado «oscuro» siempre existe la sensación de que falta algo, de que se necesita más y más, y siempre más; están el estrés, los miedos, las ansiedades, las dudas, las confusiones… Es como si lleváramos ropa que no nos queda muy bien y nos sintiéramos inquietos e incómodos. Pero cuando reconocemos el momento, es como si, de repente, todo encajara. No es que todos nuestros problemas o dificultades desaparezcan, pero al reconocer el momento encontramos paz, encontramos libertad, aunque nada más cambie.

Y no hace falta que cambie nada. Tenemos que recordar el pasado, tenemos que planificar el futuro, tenemos que ocuparnos de nuestros problemas y nuestras dificultades, tenemos que hacer todo lo que haya que hacer, pero también tenemos que volver a la conciencia de este momento, aquí y ahora. Tenemos que 1) reconocer el momento y 2) permanecer en él. Es como descubrir un nuevo paisaje, un nuevo país, un nuevo planeta… una nueva dimensión. Descubrimos este lugar y, a continuación, nos tomamos el tiempo para quedarnos allí, para ver qué es, para pasar un rato en él… y dejar que suceda lo que tenga que suceder.

Y lo que puede ocurrir, con el tiempo, es que descubramos lo que siempre es, lo que nunca cambia, lo que nunca viene ni se va. Sí, claro, todo parece estar en movimiento y cambiando, y yendo y viniendo constantemente, pero cuando descubrimos el ahora, es como si un personaje de una película descubriera la pantalla. Lo que ocurre en la película cambia constantemente, el propio personaje cambia constantemente, pero la pantalla, el espacio en el que se proyecta la película, es inmutable, permanente, inalterable. Lo mismo ocurre con el espacio del ahora. Y al igual que un personaje, independientemente de todos los cambios y movimientos por los que tenga que pasar, nunca puede separarse de la pantalla, nosotros nunca podemos salir del ahora, ni siquiera por una fracción de segundo.

En este espacio del «ahora», el pasado, el presente y el futuro se funden en uno solo. El cerebro crea la ilusión del tiempo; es una ilusión muy útil, que permite a la mente desenvolverse cómodamente en el mundo, pero, no obstante, sigue siendo una ilusión. Lo que parece ser el tiempo es, en realidad, un «punto» infinito y sin dimensiones al que llamamos «ahora». La ilusión es tan poderosa que resulta muy difícil romperla, como dijo Albert Einstein: «El pasado, el presente y el futuro no son más que ilusiones, aunque sean muy persistentes».

Llegados a este punto, la mente está tan abrumada que, para darle algún sentido, puede llegar a decir algo como: «¿Y qué? ¿Qué puedo hacer con esto? ¿De qué sirve saber todo esto?»

Y la verdad es que no hay mucho que se pueda hacer con ello; simplemente es lo que es, es la verdad, es el reconocimiento de lo que es. Pero este reconocimiento tiene poder, un poder enorme. No es práctico, pero este conocimiento no tiene que ver con la practicidad.

No hay nada que podamos HACER con ello, pero podemos SER conscientemente este «punto» de presencia, este ahora y, como dice el tópico (que, de hecho, no es un tópico), nos convertimos en uno con el universo o, mejor dicho, nos damos cuenta de que siempre hemos sido uno con el universo.

En este «punto» del ahora somos, verdaderamente, uno con el todo.

  • * El reconocimiento del momento no es un pensamiento, pero tampoco es una percepción ni un sentimiento. Al estar más allá de la mente y los sentidos, no hay palabras para expresarlo y solo utilizamos las palabras como indicaciones. A veces, en la literatura espiritual se describe como «la presencia que se reconoce a sí misma».