No más guerra
Por Amoda MaaLa guerra es un síntoma de la mente dividida. Y la mente dividida es la que gobierna a la mayoría de los seres humanos. Se trata de un estado inconsciente, en el que no se reconoce la realidad indivisible de la conciencia pura que subyace a todas las individualidades aparentemente separadas. Es un estado primitivo de conciencia del ego que se nutre de la comparación y de la dicotomía entre vencedor y vencido, víctima y agresor, sujeto y objeto. En este estado dividido, entramos en guerra con otras naciones, otras ideologías, otras religiones, otras opiniones, otras formas de vida. Incluso entramos en guerra con el momento presente, rechazándolo, resistiéndonos a él, intentando arreglarlo o cambiarlo, huir de él o apoderarnos de él. En el estado de inconsciencia, todo —incluso el flujo natural de la vida— es una amenaza, algo que hay que superar para permanecer en nuestra zona de confort o situarnos en un pedestal de superioridad o exclusividad.
Podemos luchar por una «causa justa», podemos actuar con firmeza para acabar con la injusticia, podemos sentir una ira justificada ante los ciclos interminables de conflictos bélicos en nuestro mundo… pero nada de esto cambia realmente nada. La revolución debe producirse primero en nuestro interior… se requiere un cambio fundamental en la conciencia. Solo cuando lleguemos a reconocer nuestra naturaleza esencial —y la naturaleza esencial de toda la realidad— podremos ver la vida, el mundo y todo lo que hay en él como un todo, un ser, un vasto campo de conciencia luminosa del que surgen todas las individualidades. Y la única forma de reconocer esto es volvernos hacia nuestro interior y llegar a «conocernos a nosotros mismos», a entrar en contacto con ese ser que siempre está ahí, antes de que surja cualquier experiencia. Se trata de desentrañar todas las capas de identidad derivadas de las experiencias y las apariencias. Es deshacer el nudo apretado del yo-ego que solo puede sobrevivir creyéndose a sí mismo como un «yo» separado. El fin del «yo» es el surgimiento de la verdadera unidad… una unidad que no requiere que todos los individuos estén de acuerdo entre sí ni tengan las mismas costumbres, preferencias, creencias o color de piel. Es una unidad que es anterior a las apariencias en la mente, en el cuerpo o en la cultura. Es un despertar del sueño del ego y una encarnación de la verdadera naturaleza como la luminosidad de la conciencia despierta.
Solo ahora —desde y como esta conciencia despierta— puedes dejar de luchar, pues ya no hay ningún enemigo. Ningún «otro» supone una amenaza, ningún «otro» necesita ser derrotado… ya no necesitas ir a la guerra, ni siquiera contra este momento presente. Toda resistencia a lo que es se ha detenido por completo. Y lo único que queda es la infinidad de la verdadera naturaleza, y aquí no hay dicotomía… no hay ni víctimas ni verdugos. Se trata de una revolución interior que lo cambia todo. Es el surgimiento del amor… porque el amor es la infinidad de la conciencia abierta, sin adulterar y sin condiciones impuestas por el pensamiento, el sentimiento o la emoción.
Tengo una visión: un millón de personas —ancianos y jóvenes, enfermos y sanos— levantándose todas juntas como una sola, sin munición, sin ira y sin miedo... frente a un ejército que viene a destruir. Un millón de personas —indefensas y desarmadas— que mantienen la línea erigiéndose como una presencia inquebrantable, con la mente despejada y el corazón abierto. Uno a uno se levantan… hasta que el millón entero se convierte en un solo cuerpo, y este cuerpo es indestructible como la conciencia de la que nació. Y este cuerpo no es otra cosa que amor, y no tiene que hacer nada para demostrar ese amor. Y ante un cuerpo así, el joven soldado que sigue órdenes y cree que lucha por una buena causa vacila por un segundo… pues ¿cómo podría desear destruir la inocencia desnuda del amor? Y cuando un soldado tiene el valor de deponer las armas, todos las deponen. Y lo único que queda es un solo cuerpo de amor, no dos naciones ni dos ejércitos ni ninguna víctima ni ningún verdugo. La guerra ha terminado… y este final comienza en nuestro interior. Esta es la verdadera revolución. Comienza justo aquí.
Ojalá que cada uno de nosotros tenga el valor de levantarse y poner fin a la guerra… en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestras relaciones, en lo más profundo de nuestro ser. Ojalá cada uno de nosotros tenga el valor de poner fin a la guerra en este mismo instante, para siempre y ahora mismo.