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¿No hay ningún gran avance?

Liberación silenciosa, momento a momento

Por Joan Tollifson 18 de julio de 2026

¿No hay ningún gran avance?

Hay quienes llegan a cierta comprensión de forma imperceptible, pero, de alguna manera, necesitan que les convenzan. Han cambiado, pero no se dan cuenta. Estos casos poco espectaculares suelen ser los más fiables.

— Nisargadatta Maharaj

Algunas personas experimentan despertares repentinos y dramáticos. Todos hemos oído historias así, y estas historias y formas de hablar sobre la «iluminación» y el «despertar» predisponen inmediatamente a todo el mundo a buscar un Big Bang imaginario, un punto de inflexión, un acontecimiento futuro explosivo (¡para MÍ!) tras el cual nada volverá a ser igual.

Pero para la mayoría de la gente, como dijo Shunryu Suzuki, la iluminación se parece más a mojarse en la niebla. Ocurre de forma gradual, imperceptible y, a menudo, pasa desapercibida—afortunadamente, porque no es un logro personal del que presumir ni del que enorgullecerse. Y es algo siempre nuevo, que se va desarrollando en el aquí y ahora.

Como se ha señalado a menudo, la mejor manera de retrasar el despertar (o fingir que no está presente aquí y ahora) es buscarlo en otro lugar y en otro momento. Tal y como aconsejó Nisargadatta:

Deja de pensar en cualquier tipo de logro. Estás completo aquí y ahora, no necesitas absolutamente nada.

— Nisargadatta Maharaj

Pero no creemos eso. En cambio, solemos pensar: «No puede ser esto. No soy lo suficientemente bueno. Aún no he llegado a ese punto». Pensamos y pensamos y pensamos en «ello» y en «mí», creyendo en los pensamientos que nos dicen: «Esto no es lo que buscas», «Aún no has llegado a ese punto», «No lo entiendes», y cosas por el estilo.

Por supuesto, despertar no es simplemente cuestión de creer en los pensamientos opuestos. Se trata más bien de ver más allá de TODOS los pensamientos, especialmente del pensamiento raíz—el pensamiento «yo», ese personaje central de la historia, similar a un espejismo, que supuestamente ya está o aún no está iluminado. Despertar no tiene nada que ver con las creencias. Se trata de descubrir, a través de la experiencia, la naturaleza del aquí y ahora.

Aquí mismo, ahora mismo

En la experiencia directa, siempre existe únicamente esta inmediatez eterna y atemporal, o este «aquí y ahora», este único momento sin fondo, en constante cambio y, sin embargo, siempre aquí mismo, ahora mismo. ¡Solo esto!

Si nos adentramos profundamente en cualquier forma aparente—el cuerpo, la mente, cualquier emoción, cualquier objeto denominado «físico» (una silla, una casa, una montaña, un continente), encontramos una impermanencia o una falta de fundamento total, insustancial e irresoluble—nada que podamos captar o definir con precisión. Y, como se dice en el budismo, todo se libera por sí mismo, porque en el momento en que algo aparece, ya ha desaparecido, instante a instante.

Cuando nos imaginamos a nosotros mismos como algo concreto con un nombre, nos vemos como veríamos un corcho en un río. Lo que no nos damos cuenta es de que solo existe el río. Lo que imaginamos como algo concreto no es, desde el principio, más que movimiento, cambio y flujo… No es que el universo esté compuesto por innumerables objetos en constante cambio. Solo hay cambio. Nada va (ni puede ir) a la deriva en ese flujo, como un corcho en un arroyo; en realidad, nada surge ni desaparece. Solo hay un arroyo.

— Steve Hagen, maestro zen

Esto es así siempre, se perciba o no. Esta presencia fluida, consciente del «aquí y ahora», es el factor común en todas y cada una de las experiencias. Incluso los pensamientos, los recuerdos, las ensoñaciones y las fantasías se producen en el «aquí y ahora» como apariencias momentáneas y cambiantes de ese flujo y cambio incesantes, inaprensibles e indefinibles.

Darnos cuenta de esto, hacerlo realidad en nuestra vida, es liberador. Pero darse cuenta no significa simplemente aceptarlo como una filosofía o una creencia, sino más bien descubrirlo en nuestra experiencia directa y real. Ni ayer ni mañana, sino AHORA—siendo el ahora la única realidad que existe, la presencia eterna y atemporal. Esta comprensión es siempre fresca, siempre nueva.

Así pues, si nos sentimos deprimidos, con el corazón roto, devastados, tristes, solos, indignados, aterrorizados, ansiosos o con cualquier otro sentimiento perturbador, podríamos explorarlo en ese mismo instante y descubrir su naturaleza insustancial, irresoluble, indefinible, infundada e impermanente. Podemos sentirla como energía o sensación pura, que cambia instante a instante. Podemos darnos cuenta de su «no ser», de su vacuidad, y de cómo ya se ha desvanecido si no nos aferramos a ella con el pensamiento.

¿Es el amor una verdad más profunda que el odio?

Hay quien dice que el amor y el odio son iguales y que la espiritualidad no debería hacer hincapié en la belleza, la alegría o el amor, porque eso es dualista y niega la realidad de la fealdad, la desesperación y el odio. Pero, de hecho, sí creo que el amor es una verdad más profunda que el odio. No niego que el odio y la fealdad aparente aparezcan en esta película que es la vida cotidiana y, por supuesto, ambos forman parte del todo por igual. Descubrir su identidad o igualdad como aspectos inseparables de un todo sin fisuras es un descubrimiento profundo y liberador, pero eso tampoco niega la profunda y liberadora diferencia que existe entre ellos. Las dos caras de la moneda son ciertas: la igualdad y la diferencia.

A menudo pongo el ejemplo de Hitler y Buda, cada uno de los cuales representa una faceta de la realidad y un aspecto de cada uno de nosotros. Los comparo con dos olas del océano, una de las cuales la consideramos engañada (o malvada) y la otra despierta (o buena). Ambas son, por igual, movimientos del océano, ambas son, por igual, agua, pero la diferencia radica en que la ola de Buda es consciente de ello, mientras que la ola de Hitler está atrapada en la ilusión de ser independiente y separada del océano, dispuesta a conquistar o controlar las demás olas y, de alguna manera, «purificar» el océano. Como resultado, sus experiencias y acciones serán diferentes. Todo será un movimiento del océano, pero el océano incluye la capacidad de discernimiento y de despertar de la ilusión.

No existe un individuo permanente, inmutable e independiente que esté siempre despierto o siempre engañado. Nadie es totalmente Hitler ni totalmente Buda. Y «Hitler» o «Buda» nunca pueden separarse realmente del todo en constante fluir como una «cosa» estática, persistente, sustancial, independiente y autónoma, al margen del todo. «Buda» y «Hitler» (al igual que las sillas y las mesas, los perros y los gatos, los océanos y las olas, tú y yo, el bien y el mal) no son más que ideas conceptuales que el pensamiento ha esculpido a partir de un todo continuo y en constante cambio. Podemos llamar a una de estas abstracciones conceptuales «buena» y a la otra «mala», pero ambas son un movimiento sin elección del todo, inseparables la una de la otra, y ninguna de las dos se aleja jamás de ser esta vitalidad indivisible que somos. La realidad nunca está realmente dividida—es un todo sin fisuras. La perfección lo incluye TODO.

Pero, de nuevo, el todo incluye la capacidad de diferenciación y discernimiento. Buda es la realización (o la materialización) de esa totalidad, mientras que Hitler es la ilusión de la separación y lo que se deriva de esa ilusión. Naturalmente, queremos despertar de tal ilusión tanto a nivel personal como global.

Hablando desde mi propia experiencia, cuando me veo envuelta en el odio, la ira, la actitud defensiva y otros estados mentales «negativos», me siento separada, tensa, encogida, identificada como un «yo» separado, amenazado por algo que parece estar fuera de mí. Esto es sufrimiento y se percibe como una ilusión. Cuando siento amor, alegría y demás, experimento una sensación de totalidad. En esa plenitud, no hay «yo», ni separación, ni problema. Se percibe como la verdad más profunda.

Así que sí, aquí hay una aspiración, un interés, una devoción por aquello que hace aflorar al Buda que hay en mí, y por ver, discernir y despertar del Hitler que hay en mí. ¿Quién está llevando a cabo este ver, este discernir y este despertar? Lo está haciendo el océano entero, y ese hacer se manifiesta a través de olas pasajeras como tú y yo.

El nirvana y el samsara, como el océano y la ola, no son uno, ni son dos. El nirvana podría describirse como una forma diferente de ver el samsara, y parte de esa forma diferente es el descubrimiento de que nunca nos separamos de este todo que lo abarca todo, de que somos a la vez Buda y Hitler y todo lo demás, y de que nada de ello tiene la realidad objetiva, sólida, sustancial, separada, autónoma e independiente del observador que creemos que tiene.

Una forma diferente de ver las cosas

En mis escritos, hablo de encontrar la perfección en la imperfección, de ver lo sagrado en todas partes, de descubrir la belleza en lo que convencionalmente se considera feo, de ver la humanidad y la divinidad en cada persona, incluso cuando deploramos sus acciones y creencias. Según mi experiencia, esto resulta mucho más liberador, tanto para mí como para el mundo entero, que hacer lo contrario: hablar de la imperfección en todo, encontrar la fealdad en todas partes y ver el mal en cada persona. Es importante destacar que no niego la imperfección ni el mal, y considero importante verlos y reconocerlos, especialmente en mí misma. Nunca hablo de evadirse en lo espiritual, de «esconderse en la luz», de ignorar la oscuridad o de disimularla con una sonrisa.

Pero hay una forma de ver las cosas que nos aporta alivio, relajación, paz, amor, felicidad y alegría; y hay muchas formas habituales de ver y pensar las cosas que nos traen miseria, conflicto y sufrimiento. Agradezco a todos mis maestros espirituales, amigos y compañeros —tanto a aquellos con los que tuve la suerte de trabajar en persona como a aquellos a los que solo he conocido a través de sus libros o charlas grabadas— por ayudarme a descubrir y hacer mía la primera forma de ver las cosas, y a ver más allá de la segunda cuando surge aquí. Todos ellos me animaron, y siguen animándome (incluso cuando ya no están entre nosotros), a despertar ahora mismo. Esa fue la primera y más importante clave: AHORA.

Es el aferrarse a lo falso lo que hace que lo verdadero resulte tan difícil de ver. Una vez que comprendes que lo falso necesita tiempo y que lo que necesita tiempo es falso, estás más cerca de la Realidad, que es atemporal, siempre en el ahora… La Realidad es lo que hace que el presente sea tan vital, tan diferente del pasado y del futuro, que son meramente mentales. Si necesitas tiempo para lograr algo, debe de ser falso. Lo real siempre está contigo; no necesitas esperar para ser lo que eres. Lo único que debes hacer es no permitir que tu mente se aleje de ti en busca de ello.

— Nisargadatta Maharaj

En el momento en que diriges tu atención al «ahora», te das cuenta de que la vida es sagrada. Todo lo que percibes cuando estás presente tiene un carácter sagrado.

— Eckhart Tolle

En la simple presencia de lo que está aquí y ahora, ya sea alegre o doloroso, se revela una libertad asombrosa. No se puede describir ni explicar con palabras. Es la libertad de ser, de forma total y sin esfuerzo, tal y como son las cosas en este momento.

— Toni Packer

Considera el amor, no como un sentimiento o una emoción concretos, sino como el misterio que permite que todos los sentimientos y emociones existan, el espacio en el que se desarrolla cada experiencia. Piensa en él como la vida, la vida misma que tú eres y que todo es—una gran indivisibilidad incomprensible, un misterio que acoge todos los momentos, sin preguntas ni razones, porque es todos los momentos.

— John Astin

Este momento es todo lo que hay—es un momento eterno—un instante.

— Gilbert Schultz

La presencia no consiste simplemente en prestar atención. Es el estado de estar plenamente aquí. Es darse cuenta de que la vida no está ocurriendo en otro lugar, en otro momento, a otra persona. Está ocurriendo ahora, en este momento, en esta respiración. La mayoría de la gente se pasa toda la vida en cualquier sitio menos donde realmente está... La presencia es el regreso a casa. Cuando estás presente, la mente deja de dividir la realidad en bueno y malo, pasado y futuro, sagrado y mundano. Dejas de ser un espectador y te conviertes en la propia experiencia. Cada sensación se agudiza. Cada respiración se hace más profunda. Lo cotidiano empieza a revelar su carácter sagrado.

— Damien Echols

Estar verdaderamente despierto es, en realidad, algo muy cotidiano. Simplemente significa que estás aquí, igual que los árboles están aquí. Estás aquí, igual que las flores están aquí. Eso es todo. Estás aquí, en lugar de estar perdido en un mundo que no es este. A medida que te relajas y te adentras en el momento presente, por muy cotidiano que parezca, poco a poco y con suavidad se irán abriendo los niveles más profundos de la Presencia…

No se puede conocer a Dios con la mente. No se puede comprender ni definir a Dios. Lo máximo que puede hacer la mente es creer en Dios. Pero creer en Dios es un sustituto muy pobre de conocer a Dios a través de tu propia experiencia directa. Y una vez que lo conoces, ya no hay necesidad de creer.

Para mí, Dios es la Presencia silenciosa que se encuentra en el corazón mismo de todas las cosas presentes… Si quieres experimentar la Presencia viva de Dios en todas las cosas presentes, tendrás que acudir allí donde está Dios. Tendrás que salir de la mente y estar presente. Cuando estamos plenamente presentes, empezamos a percibir la Presencia que hay en todo. A esta Presencia es a lo que me refiero cuando hablo de Dios.

— Leonard Jacobson

«Estar aquí y ahora» y «Todo lo que hay es el estar aquí y ahora»

Escribir sobre la totalidad, la no-dualidad o el espíritu resulta inevitablemente paradójico, ya que la realidad viva de la que se habla no puede captarse ni contenerse en palabras. Se puede señalar, describir, invitar a experimentarla o celebrarla, pero el menú nunca es la comida y el mapa no es el territorio. El camino sin camino consiste en explorar el territorio en sí mismo y saborear la comida. En sentido absoluto, no hay forma de no hacerlo, ya que ESTO es todo lo que hay, y en ese sentido, incluso el mapa es el territorio y leer el menú es degustar la comida. No podemos dejar de estar aquí y ahora. Y, sin embargo, en términos relativos, hay descubrimientos y discernimientos que pueden resultar liberadores, no como creencias—porque estas siempre están ensombrecidas por la duda—sino como experiencia viva, aquí y ahora.

Por eso, sigo valorando tanto el camino de la presencia consciente o «estar aquí y ahora»—dirigiendo la atención abierta a la pura realidad de este momento presente, sintiendo las sensaciones corporales, escuchando los sonidos, viendo los pensamientos como meros pensamientos, sintiendo la presencia, la vitalidad de todo—como el descubrimiento siempre renovado de que todo está incluido en esta presencia «aquí y ahora», de que solo existe el «ser/estar aquí y ahora», de que nada puede realmente fijarse ni separarse del resto, y de que todo ello es una especie de apariencia onírica que se desvanece instante a instante, liberándose y renovándose sin cesar.

Disfruto sumergiéndome o deleitándome en la presencia (o en el espíritu, si prefieres esa palabra) en el silencio y la quietud, abriéndome a ella cada vez más profundamente, disolviéndome en ella—y también me resulta infinitamente reconfortante y liberador darme cuenta de que estar perdida en mis pensamientos o atrapada en un torbellino emocional forma parte igualmente de este océano indivisible del ser, de que en realidad nunca estoy perdida ni atada de la forma en que a veces imagino que lo estoy—de hecho, ese pequeño «yo» que se imagina perdido o encontrado, iluminado o engañado, no es más que un espejismo. Y es solo ese espejismo el que se preocupa por eliminar todos los espejismos y purificar al «yo».

Valoro muchos caminos diferentes, caminos sin camino, caminos directos y no-caminos hacia el despertar en este único momento sin fin que es todo lo que tenemos, este lugar sin lugar de inmediatez siempre presente donde siempre ya estamos, encontrando la gracia en el sufrimiento y el disfrute en el simple hecho de estar vivos. La espiritualidad es tan común como los objetos que aparecen en la bandeja de mi desayuno del hospital en la fotografía de arriba. Sin embargo, todo ello resulta absolutamente milagroso y extraordinario cuando lo observamos de verdad, como si fuera la primera vez, lo cual, de hecho, siempre es así.

Con amor para todos...