Libros - Pepe Martos
A través del Espejo
«Descubre quién eres, a través de lo que no eres»
En una noche de tormenta, con la ciudad sumida en la oscuridad, Marta regresa a casa intentando escapar del ruido de su propia mente.
Una presencia inesperada irrumpe en su refugio. Un hombre que parece conocerla mejor de lo que ella se conoce. Un visitante que dice llamarse Adonay… y que afirma ser Dios.
Lo que comienza como un encuentro inquietante se transforma en un diálogo que se extiende hasta el amanecer. A través de palabras, escenas y fragmentos de una obra misteriosa, Marta se ve arrastrada a un viaje que no ocurre solo en la habitación donde se encuentra, sino también en los pliegues más íntimos de su propia consciencia.
Cada conversación abre una grieta.
Cada escena le devuelve un reflejo.
Cada silencio la enfrenta a aquello que siempre ha evitado mirar.
Como un puzle, las piezas parecen no encajar al principio, pero, a medida que avanza la noche, algo empieza a ordenarse… o a deshacerse.
A través del Espejo es una novela sobre la identidad, la herida invisible que nos habita y la extraña posibilidad de descubrir que aquello que creemos ser no es tan sólido como parecía.
¿Te atreves a mirar?
Pepe Martos, Lucena (España). 28 de febrero de 1967. Funcionario de carrera de la Administración Pública. Policía Local desde 1986, profesión que actúa de catalizador en su innata búsqueda del conocimiento interior. En ese periplo de exploración del “Yo”, conoce a Sri Nisargadatta Maharaj, quien lo conduce al cese de toda indagación para atisbar, a través del desconocimiento y el no ser, la Verdad que siempre ha estado ahí.
Detalles del libro:
- Título: A través del Espejo
- Autor: Pepe Martos
- Editorial: Pepe Martos Moya
- Año de edición: Enero 2025
- Disponible también en: Versión Kindle
Extracto
Yo Soy Aquello que no soy
«La apariencia se hizo consciente, como sombra
que busca incesantemente su reflejo,
desconociendo que era espectro y no entidad»
Tras unos instantes y en completo silencio, aquel desconocido tomó asiento en un sillón junto al Chester. Durante algunos minutos se miraron fijamente sin mediar palabra.
Desde el sombrío rincón, Marta, menos agitada, comenzó a analizar la situación. Del temor, pasó a una intranquilizadora curiosidad.
Contemplaba al inesperado visitante, sintiéndose como quien, después de ser acorralado, percibe que ha cesado la amenaza.
Súbitamente, un instinto le indicó que igual no se trataba de un atacante, sino de una lúcida visión.
«¡Pero qué locura ni enajenación!», exclamó para sí, zarandeando los pensamientos.
Marta se levantó y, aún desconfiada, guardando la espalda, se sentó en una esquina del sofá, a la espera de algún desenlace. Pasado un momento, preguntó:
―¿Quién eres?
―Soy Dios ―dijo este―. Pero puedes llamarme Adonai.
―«Es un loco» ―concluyó mentalmente Marta, tapándose la boca con la palma de la mano.
Apoyando los codos sobre sus rodillas, el extraño inclinó el torso para dirigirse a la chica, diciendo:
―¿Quién ritualiza? ¿Quién medita? ¿Quién obra? ―La joven quedó atónita, pues durante varias noches su cabeza había dado vueltas a ese tipo de planteamientos―. No hay ritual, sacramento, meditación o acto que te conduzca a lugar alguno.
Transcurrieron unos segundos y este continuó exponiendo:
―¿Qué fin persigues con ello? ¿A dónde pretendes trascender?
Jamás podrás encontrarte, no por falta de instrumentos o pautas, sino porque no hay nadie a quien hallar.
―¿Por qué me dices todo esto? ―demandó Marta―. ¿De qué me conoces? ¿Por qué has venido a mí? ―una ráfaga de preguntas emanó, como un vendaval, de la boca de la fémina―. ¿Quién eres? ―reiteró contundentemente.
―Ya te lo dije. Soy la respuesta a esos interrogantes que te privan del descanso.
La mujer lo miraba con recelo. Tras una pausa, reanudó Adonai:
―¿Cuántas veces te has debatido con el mismo asunto?: ¿qué he de hacer para transformar esta miserable, monótona y angustiosa vida? Noches de insomnio buscando el sentido de esta expresión, ¿no es así?
Aquí me tienes, Marta. He llegado para decirte algo importante: no se trata de ser mejor o peor persona. Tampoco de alcanzar el esclarecimiento, y mucho menos de transmutar en un «ser elevado». Todo radica, sencillamente, en desvanecer la creencia de que eres un sujeto que necesita evolucionar.
Mostrando la palma de sus manos, clamó a la joven:
―La apariencia se hizo consciente, como sombra que busca incesantemente su reflejo, desconociendo que era espectro y no entidad.
No hay individuo que necesite amar u odiar, nada que debas recordar u olvidar, ni motivo para ser feliz o infeliz.
Pausada e inexplicablemente, Marta pasó de la alarma a una tenue serenidad, de la desconfianza a un mortecino interés, de la rigidez a una leve distensión... Aquel hombre estaba leyendo su pensamiento.
―¿Por qué te pones limitaciones? ―prosiguió Adonai―. ¿Por qué te marcas objetivos? ¿Por qué anhelas libertad? No hay nada que limitar, finalidad que perseguir ni nadie a quien liberar.
La simple intención es esclavitud. El hecho de creer en la necesidad de meditar o ritualizar para progresar, es reconocer tu particular condicionamiento y estrechez de miras. El ser humano es perecedero, de naturaleza transitoria y destinado a desaparecer.
Estás coartada; constreñida por la propia existencia condenada a su disolución. Dime, pues, ¿qué o quién quiere ir más allá?
Establécete en la sensación: «Yo Soy Aquello que no soy», mientras tanto, en este entretenimiento, reconócete como una más de las manifestaciones del único vacío existencial. Eres, sin ser, la Absoluta Verdad no revelada y desprovista de conocimiento de sí. Este reconocimiento te llevará a la ausencia de todo conflicto, a la liberación del cautiverio que supone la creencia de ser un individuo con necesidades y carencias.
Miles de millones de mentes son una insignificancia en comparación con aquellas que no nacieron. De hecho, la norma general es lo no manifestado. Pregunta a un no nacido. En su respuesta encontrarás la verdad.
Marta seguía escuchando, desconcertada, el singular discurso del desconocido, que continuaba explicando:
―Por expresarlo gráficamente, digamos que el noventa y nueve por ciento del universo es vacío, el noventa y nueve por ciento del átomo está vacío y, tan solo, el uno por ciento de ambos sería materia. De la masa en sí, una infinitesimal excepción es vida y de la vida, la más extraña de las anomalías es la cognición de ser y existir. Sin embargo, semejante absurdo no te hace especial, sino esclava del autoconocimiento que te hará danzar sobre ascuas ardientes entre uno u otro pie, entre una y otra decisión, entre esto y aquello.
Cuantitativamente, eres un extraordinario milagro. Una rareza que te confirma como algo insólito; consolidando, definitivamente, a la Inexistencia como la única «Realidad».
«Volver» al estado primigenio es renunciar a la creencia de ser una entidad. Rendirse a la evidencia de que este mundo de metas, ilusiones, deseos, apegos, inquietudes, sentimientos, proyectos, propósitos y emociones que creas, es solo una efímera quimera, que dejó de ser antes de que tomaras consciencia de que fuese.
¡Cierra los ojos! Te hallas al borde de un abismo. A tus espaldas una pesada losa de ensueños, infinita e ilimitada en exigencias, te aplasta sin piedad
¡Déjate caer al vacío! ¡Lánzate sin miedo! Entrégate con absoluta fe, sin resistencia, a los brazos del Padre. Al cobijo eterno de la insondable e ignota Providencia, no sentida ni imaginada, antes que el mundo fuera.
Exclama con determinación: ¡Yo soy Aquello que no soy!
