Ruta de Sección: Inicio > Colaboraciones > Artículo

Sin culpa

Sin culpa, pero con responsabilidad

Por Jordi Casals Mendoza 12 de Junio de 2026

La comprensión de que no hay un hacedor puede convertirse en una coartada para justificar nuestros comportamientos. Porque, si no hay nadie que haga, ¿dónde queda la responsabilidad? Si no hay culpa, ¿para qué reparar? La dificultad aparece por confundir culpa, responsabilidad y sensibilidad. Hablamos de ellas como si pertenecieran al mismo fenómeno, pero cuando las observamos de cerca vemos que operan en planos diferentes.

La culpa no nos hace más responsables. Creemos que el remordimiento y la tensión interna mejoran nuestra conducta, pero, si observamos honestamente, vemos que ocurre lo contrario. La culpa psicológica no es solo sufrimiento inútil, también es una forma de violencia hacia uno mismo. Una contracción que distorsiona la percepción y pone la atención en sostener la propia imagen. La mente atrapada en la culpa escucha peor, percibe peor y por tanto responde peor.

La culpa siempre mira hacia atrás. Toma una acción y la convierte en un rasgo del personaje: hice esto, luego soy así. Convierte un hecho pasado en identidad presente y lo porta como una carga. La responsabilidad mira hacia lo que está ocurriendo ahora. No pregunta qué dice esto sobre mí, sino que pregunta qué requiere esta situación en este momento. Uno es un movimiento de identificación y el otro, de respuesta.

El sentimiento de culpa necesita un autor, un yo separado que, en un momento dado, podría haber actuado de otra manera y no lo hizo. Sin ese yo independiente, la culpa pierde su base y se cae por sí sola. Pero la responsabilidad permanece intacta. La vida sigue respondiendo a través de cada organismo. El padre responde como padre, el terapeuta como terapeuta, la función continúa, aunque el autor imaginario desaparezca.

La culpa es un movimiento de cierre que contrae mientras que la responsabilidad es un movimiento de apertura que responde. Esta capacidad de responder (response-ability) depende de en qué medida el organismo está disponible. Y cuanto menos ocupado está en defender una imagen, más adecuadamente puede responder.

La comprensión de que no hay un hacedor elimina la culpa, pero no las consecuencias. La vida sigue funcionando. Lo que desaparece es el peso psicológico del personaje que cree que debería haber sido distinto. Reconocer un error se vuelve más fácil. También pedir perdón o reparar un daño. No porque haya menos conciencia de lo ocurrido, sino porque el sentido de separación deja de interferir. El organismo que ya no está ocupado defendiéndose queda disponible para escuchar. La calidad de la respuesta aumenta porque la situación ocupa el centro en lugar del personaje.

Cuando esta comprensión permanece en el plano intelectual puede producir indiferencia ya que la mente adopta la idea de que no hay hacedor y la utiliza para alejarse de las consecuencias, del dolor o de la necesidad de reparar. Esa insensibilidad nace de una nueva identificación con las ideas de la no existencia separada. La comprensión real no impide la sensibilidad, la hace posible.

Que no haya culpa psicológica no implica que no haya sensibilidad. La sensibilidad y la culpa pueden sentirse parecidas porque ambas pueden resultar dolorosas, pero se mueven en direcciones opuestas. La sensibilidad pone la atención en el daño y en el otro: registra lo que ocurrió, siente su peso y quiere reparar. La culpa pone la atención en el yo: qué dice esto de mí, en qué me convierte, cómo me deja. Una libera energía hacia la reparación. La otra la consume en sostener o destruir una imagen.

Cuando la identificación con el hacedor disminuye, algo se relaja. La percepción se vuelve más sensible, más clara. Y aquí aparece algo que el argumento puramente conceptual no anticipa: el otro deja de sentirse completamente otro. La responsabilidad no se vuelve más fría sin el yo, se vuelve más directa, más genuina. Nace de una percepción más inmediata de lo que la situación necesita.

La comprensión real no se reconoce en las ideas que se repiten sobre la no dualidad, sino en la calidad de la escucha, de la presencia y de la relación con la vida. No hay nadie que sienta orgullo de sus aciertos ni culpa de sus errores. Pero la respuesta sigue siendo necesaria. Y cuando hay más claridad, la respuesta es más adecuada.

Comprender que no hay un hacedor no elimina la responsabilidad. Elimina al personaje que intenta apropiársela. La responsabilidad permanece. Lo que cambia es la calidad de la respuesta.