
¿Quién está detrás de nuestros ojos?
Por Javier Gutiérrez Ornelas 10 de julio de 2026Sin siquiera dudarlo, la mayoría de las personas siente que dentro de sí existe un «alguien» que observa el mundo. Es como si hubiera un pequeño director oculto dentro del cráneo recibiendo información de los sentidos, tomando decisiones y controlando cada aspecto de nuestra vida.
Vivimos convencidos de que ese «yo» es quien piensa, quien ama, quien sufre y quien dirige la existencia. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos algo verdaderamente importante:
¿Existe realmente ese observador separado o solo damos por hecho que existe?
La no-dualidad propone una de las preguntas más radicales que un ser humano puede hacerse. No intenta convencernos de una nueva creencia; simplemente nos invita a investigar nuestra experiencia directa.
Cuando observamos con suficiente atención descubrimos que pensamientos, emociones, recuerdos y decisiones aparecen espontáneamente en la conciencia. Incluso la sensación de ser «alguien» parece formar parte de ese mismo flujo de experiencia.
Quizá aquello que llamamos «yo» no sea una entidad fija escondida detrás de nuestros ojos, sino una construcción funcional que la mente genera para desenvolverse en el mundo relativo.
El problema no consiste en que exista esa construcción. El problema comienza cuando olvidamos que es precisamente eso: una construcción. Entonces el personaje pasa a ocupar el lugar de nuestra verdadera identidad.
Y desde ese momento aparece el miedo, la necesidad de defendernos, el apego, la comparación, la culpa y gran parte del sufrimiento psicológico.
Existe una analogía que escuché hace años del maestro Enrique Martínez Lozano y que siempre me ha parecido una de las formas más bellas de comprender esta realidad.
Imagina un río que fluye con naturalidad. En determinado punto del cauce, unas piedras hacen que el agua comience a girar formando un pequeño remolino. Allí quedan atrapadas hojas, pequeñas ramas y espuma. El remolino parece tener una existencia propia. Incluso podría dar la impresión de ser algo distinto del resto del río.
Sin embargo, el remolino nunca ha dejado de ser agua.
No posee una existencia independiente. Es simplemente una forma temporal que adopta el río cuando determinadas causas y condiciones coinciden. Basta con que una de aquellas piedras cambie ligeramente de posición para que el remolino desaparezca.
Entonces surge una pregunta fascinante:
¿A dónde se fue el remolino?
¿Murió?
¿Desapareció realmente?
¿Le ocurrió algo al agua?
La respuesta resulta evidente.
El agua nunca se perdió. Lo único que desapareció fue una forma particular que el propio río había adoptado durante un tiempo.
Quizá nosotros seamos muy parecidos a ese remolino.
Nuestro cuerpo, nuestra personalidad, nuestra historia y nuestros pensamientos conforman un patrón único y maravilloso. Pero ese patrón no está separado de la vida. Es una expresión temporal de ella.
No estamos dentro de la vida. Somos la vida expresándose de esta manera, aquí y ahora.
El sufrimiento comienza cuando el remolino olvida que es agua y empieza a creer que debe defender desesperadamente su forma, compararse con otros remolinos o luchar contra la corriente que le dio origen. Paradójicamente, cuanto más intenta proteger su identidad separada, más miedo experimenta.
Comprender esto no significa negar nuestra personalidad ni dejar de funcionar en el mundo. Significa reconocer que existe una dimensión mucho más profunda que permanece intacta mientras todas las formas cambian.
Quizá la pregunta más importante no sea quién está detrás de nuestros ojos.
Quizá la verdadera pregunta sea:
¿Y si nunca hubo nadie separado mirando el mundo... porque siempre hemos sido el propio mundo contemplándose a sí mismo?