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Colaboraciones - Pepe Cánovas

Plotino en Mesopotamia

por Pepe Cánovas 25 de mayo de 2020
Campamento Romano (Ampliar)

Faltaba poco para el amanecer. Plotino caminaba por las calles vacías del campamento, disfrutando estos momentos antes de que empezara el jaleo. Había nacido no muy lejos de allí, en Egipto, y a los veintiocho años se había instalado en Alejandría para estudiar filosofía. El año pasado, el doscientos cuarenta y tres de nuestra era, el emperador romano Gordiano tercero había llegado a la ciudad portuaria, al mando de un gran ejército que se dirigía hacia oriente. El filósofo se había unido a la expedición militar, con la intención de adquirir conocimientos de las sabidurías persa e india.

Sonaban voces y ruidos en el interior de los contubernios, las tiendas donde se alojaban los legionarios, seis en cada una. Plotino aceleró el paso, pronto empezarían a salir los soldados camino de las letrinas o a donde quiera que fuesen. El filósofo tenía una tienda para él solo en el foro, la zona buena del campamento, cerca del emperador.

Al principio del viaje, Plotino observaba cada tarde cómo levantaban el campamento tras un día de marcha, cavando un foso alrededor de un rectángulo enorme y utilizando la tierra extraída para levantar un terraplén sobre el que clavar la empalizada. Al día siguiente daba pena ver cómo lo destruían entero, pero no podían dejar que cayera en manos del enemigo. La castrametación es el arte de hacer un campamento militar y nadie lo dominaba como los romanos. No querían que los demás pueblos aprendieran.

En este castrum llevaban casi un mes. La empalizada era de piedra, no de madera como al inicio, cuando viajaban constantemente y levantaban uno cada día. Plotino giró en la vía Quintana. Si evitaba Cardum, la gran avenida que atravesaba el campamento de norte a sur, quizás llegara a su tienda sin encontrarse con nadie conocido.

Filipo estaba en la puerta de su tienda, estirándose. Se dieron los buenos días y Filipo le ofreció desayunar juntos. Plotino aceptó, no se atrevía a decirle que no al jefe de la guardia pretoriana y comandante de las legiones en Mesopotamia. Un esclavo les sirvió trozos de pan mojado en leche, huevos cocidos y aceitunas. El filósofo sólo quiso un poco de pan y el pretor no insistió en que comiera más. También se tomó un vaso de posca.

La posca era la bebida oficial de la legión, agua con vinagre y hierbas aromáticas. El ácido del vinagre eliminaba muchos de los gérmenes que pudieran estar en el agua. Los romanos no sabían qué era un microorganismo, pero tenían comprobado que bebiendo posca enfermaban menos.
—Bueno —dijo Filipo— y cómo es para un filósofo vivir en un campamento militar.
—Fascinante, un prodigio de organización.
—Además aquí podrás contemplar la condición humana en todas sus facetas.
—Sí, aunque de eso también hay en mi barrio de Alejandría.
—No creo que sea como aquí, doscientos mil soldados a las órdenes de un solo hombre.
—Tampoco es cualquier hombre, el emperador de Roma.

Gordiano tercero había sido proclamado emperador con trece años, el más joven de la historia y en una época revuelta, sus dos antecesores no habían logrado cumplir cien días de gobierno. Gordiano llevaba seis años a la cabeza de un imperio que, dos años atrás, había sido atacado de forma simultánea en tres frentes; los germanos en la frontera del Rin y en la del Danubio, y los persas en la del río Éufrates, invadiendo Mesopotamia. Gordiano había elegido ésta última guerra y de momento le acompañaba el éxito, había reconquistado las ciudades fronterizas de Carras y Edesa, derrotado a los persas en la batalla de Resena, y tomado Nísibis y Singara, al otro lado del río.

—Y qué opinas de lo que está pasando. —quiso saber Filipo.
La pregunta no podía ser más vaga y Plotino decidió irse por las ramas.
—No creo que mi opinión valga mucho. En realiad ninguna lo hace, pues, aunque algunas parezcan más acertadas que otras, en el fondo todas se hayan a mitad de camino entre el conocimiento y la ignorancia.
—Eso es de Platón, ¿verdad?
—No fueron sus palabras exactas, pero sí.
—Era sabio, ese griego. Me asombra que llegara a la conclusión de que los hombres somos prisioneros, condenados a ver solamente una sombra de lo que en realidad está pasando. ¿No te parece una gran definición del ser humano? Ocurren cosas a nuestro alrededor y nosotros, como imbéciles, no nos enteramos de nada.
La agresividad que era capaz de generar Filipo siempre sorprendía a Plotino. Parpadeó dos veces y respondió como si no la hubiera sentido:
—Ya bueno, prefiero mirar el lado positivo, que podemos liberarnos y salir de la caverna. Sin duda somos prisioneros obligados a mirar en una dirección, pero gracias a Platón sabemos que ahí fuera existe un mundo perfecto.
—Las cadenas son muy gruesas. Liberarse es imposible.
—A lo mejor encontramos el truco para romperlas. Me niego a creer que sólo tengamos acceso a un mundo donde reina la imperfección, el cambio es constante y todo acaba muriendo.
—Tú lo has dicho, el truco es morirse.

Plotino se marchó a su tienda y sacó los papiros que había cogido en Singara, la última ciudad conquistada. En Nísibis había encontrado traducciones de Platón, qué casualidad haber estado hablando antes de él, aunque hacía ya tiempo que se había alejado del que fuera su gran maestro. No compartía su argumento de que las ideas son inmortales. Las ideas nacen y mueren. Las mismas ideas de Platón llevaban quinientos años muertas, al menos para él. Tampoco podía comprender su obsesión por la política. Plotino la respetaba, sabía que es necesaria, pero se le escapaban sus entresijos. Encontraba más accesible y mucho más importante la filosofía perenne. Cómo le gustaría poder discutir con Platón, convencerle de que las ideas son tan mortales como nosotros. Si aceptara que las ideas no son eternas, llegaría a la misma conclusión que él; que es necesario algo que haya creado las ideas, y ese algo sí es eterno. Ese algo es lo Uno, el absoluto, Dios o como quieras llamarlo. Platón buscaría entonces una definición de lo Uno y Plotino le diría que se olvidara, para el ser humano es imposible comprenderlo.

Charlando con Platón pasó la mañana. Lucio entró en su tienda y le dijo de ir a ver qué habían puesto hoy de rancho. Era broma, los legionarios comían siempre lo mismo, garbanzos con tocino. Lucio era metator. El comandante elegía la zona donde instalar el campamento y el metator examinaba el hígado de algún animal que pastara por ahí. Así medían la calidad del agua. Los dos amigos salían de la tienda cuando llegó un soldado, la emperatriz Tranquilina deseaba que Plotino comiera con ella.

Estaban solos los dos. En la mesa había platos que pocos legionarios probarían jamás. Plotino dejó que le sirvieran flamenco asado al eneldo, pero lo que más comió fue pan. No le gustaba la carne, le hacía sentir mal que un animal hubiese dado la vida por él, pero en el campamento había tenido que relajarse. Rodeado de hombres cuya ocupación era matar, explicar por qué no comía carne sería despreciarles. El vino sí lo rechazó, los militares también lo hacían, beber en campaña era un signo de derrotismo. Una esclava le trajo posca.
—He oído que esta mañana has estado en la tienda de Filipo.
—Sí Augusta, me ha invitado a desayunar.
—¿Qué quería?
—Nada en particular, hemos estado hablando de Platón.
—Ya.

Continuaron comiendo en silencio.
—¿Por qué crees que murió? —Preguntó al fin Tranquilina.
—A saber. Era muy viejo ya, tenía ochenta años.
—No Platón. Timesteo, mi padre.
—Diarrea, Augusta.
—Eso ya lo sé, me refiero a si te parece normal.
—No fue el único que enfermó.

Respecto a aquel desgraciado incidente, Lucio el metator tenía la conciencia tranquila. Había destripado dos cabras locales y las dos decían lo mismo, el agua que bebían a diario era insalubre. Ignoraron su recomendación, necesitaban guarecerse de los persas y montaron el campamento en torno al maldito pozo, el propio Timesteo tomó la decisión. Timesteo era, aparte de suegro del emperador, jefe de la guardia pretoriana y comandante de las legiones en Mesopotamia. A efectos prácticos gobernaba Roma. Coincidió que las tinajas de posca estaban casi vacías y prepararon más con agua del pozo, cruzando los dedos para que sólo cayeran los débiles y el grupo se fortaleciera.

—Pero mi padre sí fue el único que tuvo la desgracia de ser tratado por el doctor Filipo —dijo Tranquilina, subrayando la palabra doctor.
Filipo había presionado al médico real para que el paciente comiera ciruelas y otros laxantes naturales, con la intención de que soltara sus males y se limpiara por dentro. Necesitaban que el comandante en jefe sanara cuanto antes.
—¿Pensáis que lo hizo a propósito? Se lo debe todo a vuestro padre.
—Las deudas no compran aprecio.

Se quedaron callados porque había entrado una esclava. Retiró los platos sucios y Tranquilina reanudó la conversación.
—Cuando murió mi padre, intenté convencer al imbécil de mi marido de que no le diera todo el poder a Filipo, pues lo único que conseguiría sería inflamar su ambición, pero Gordiano no me hizo caso y ahora Filipo está desatado. ¿Cómo le has notado esta mañana?
—Normal, como siempre, agresivo.

Plotino regresó a su tienda. No había nada interesante en los papiros de Singara, salvo uno que hablaba de dioses pequeños, locales. Le hubiera gustado encontrar un texto que afirmara que todo es Dios, que cada persona, cada animal y cada planta son Dios, pues Dios es lo único que existe. Quería leer que el ser humano es una ventana abierta al infinito, la voluntad creadora del universo mirándose a sí misma.

—Buenas tardes, Plotino.
—Qué tal, Quinto, pasa.
—¿Vas a ser bueno hoy?
—No.
Quinto era escultor del emperador y pretendía inmortalizar a todas las personalidades del campamento, pero no conseguía que Plotino posara para él.
—¿Sabes qué? No hace falta que vengas a mi taller. Puedes seguir trabajando.
—No te irás a poner a dar martillazos aquí.
—No hombre, sólo te voy a dibujar. El busto ya lo haré luego.
—Mira Quinto, ya tengo bastante con esta imagen que me cubre. No me pidas que además permita que se haga una copia de ella, aún más duradera, como si fuera digna de ser contemplada.
—No eres tan feo.
—Esa no es la cuestión.
—Me estás obligando a que te haga de memoria. Luego no te parecerás en nada y protestarás.
—Te prometo que no.

El escultor se marchó y Plotino se quedó a solas con sus papiros. No tenía ganas de seguir traduciendo, sabía que no encontraría nada. Le entró el desánimo. De todos los errores que había cometido en su vida, unirse a esta expedición se llevaba la palma. No pintaba nada entre soldados, estaba cada día más incómodo, el ambiente se enrarecía a pasos agigantados y tenía el convencimiento de que jamás llegaría a la India. Con cuarenta años y la vida resuelta, nadie en su sano juicio se habría embarcado en esta aventura sólo por aprender. Estaba claro que era idiota y que idiota moriría.

Llegó un soldado, el emperador le esperaba a cenar. La tienda de Gordiano estaba en el cruce de Cardum con Decumanus y era la más grande del campamento. Los pretorianos custodiaban su acceso. Plotino entró y saludó al César. Era increíble que ese niño dirigiera el mundo. Tenía diecinueve años, ya era un hombre, pero sus rasgos físicos estaban a medio hacer. Pasaron a la mesa y Plotino observó que, por tercera vez aquel día, el único invitado sería él. De primero le sirvieron un puré de verduras. Limpió el plato.
—Me han dicho que hoy has estado en la tienda de Tranquilina.
—Sí, César, me ha invitado a comer.
—¿Qué tal está?
—Bien.
—Será contigo. Conmigo está insoportable.
—Lo está pasando mal.
—Ya bueno, y yo qué. Timesteo era casi mi padre, no habría sobrevivido un solo día en palacio de no ser por él, pero ya no somos niños, no podemos seguir comportándonos como pobres huerfanitos.
—Quizás sólo desea regresar a Roma.
—Si de las mujeres dependiera, Alejandro jamás habría salido de Macedonia. Además, sería una estupidez retirarnos ahora, estamos a punto de derrotar a los persas.
—Quién lo dice.
—Filipo.
—Ya.

Un esclavo trajo el segundo plato, pulpo. No era una conserva, estaba cocido y se notaba fresco, ese animal llevaba poco tiempo muerto. Plotino tuvo que contenerse para no preguntar cómo se conseguía un pulpo en mitad del desierto. Dedujo que para el emperador de Roma nada era imposible, aunque esta noche parecía ensimismado.
—Entonces vuestro modelo es Alejandro.
Gordiano sonrió, le gustaba la insolencia.
—Supongo que sí. Podía haber elegido marchar hacia el Rin para luchar contra los bárbaros, pero ¿qué habría obtenido de ellos? Nada. La gloria está aquí.
—Yo tampoco habría ido.
—¿Y el tuyo? No me lo digas, Platón.
—Qué va, hace ya tiempo que no.
—Entonces quién.
—Nadie, ando perdido. Mi desasosiego interior es la nostalgia del exilio, el deseo insatisfecho por volver a casa.
—¿A Alejandría?
—No, a la fuente de la que todo emana. Pero sé que mediante la simplificación de la multiplicidad y la superación de las diferencias, el ser humano ascenderá hasta llegar a lo absoluto.
—Cómo te gusta desconcertarme.
—No es mi intención, César.

De postre había natillas. Plotino intentó rechazarlas, pero Gordiano insistió en que debía probarlas.
—¿Has escrito algo nuevo?
—Sí.
—¿Me lo lees?
—No creo que sea de vuestro agrado. Son sólo ideas enrevesadas.
—No importa. Llevo varias noches que me cuesta dormir, a lo mejor así me entra sueño.

Plotino fue a su tienda, cogió unos papiros de su puño y letra y volvió con el emperador. Se lo encontró tumbado.
—¿Ya estáis durmiendo?
—No no, lee.
—"Cada cosa es todas las cosas, y todas las cosas son cada cosa, y el esplendor no tiene límites."
—Esa es fácil de entender.
—"El alma, cuando siente intenso amor por el Uno, depone todas las formas que tiene. En cuanto el alma ve al Uno dentro de ella, cuando ya no hay nada entre ambos y no son dos, si no una sola cosa, como el Uno era lo que buscaba, ahora que ya lo tiene, se pone a mirarlo en vez de mirarse a sí misma. ¿Quién es ella que lo mira? Ni siquiera para reparar en eso dispone de tiempo."
—Qué bonita, pero no le vendría mal pulirla un poco.
—Gracias, lo haré. A ver esto: "Debemos entrar en nosotros y no mirar hacia atrás, para que nuestra vista se dirija a la belleza suprema. [...] El ojo nunca podrá escudriñar el sol a menos que esté lleno del fuego solar y participe del rayo vivo. De igual manera, debemos volvernos divinos para poder contemplar a Dios y a la belleza misma. [...] Todo es bello para quien tiene el alma bella."

Plotino paró de leer. Gordiano había dejado de hacer comentarios y respiraba cada vez más fuerte. Plotino se marchó sin hacer ruido. Gordiano murió al día siguiente, no está claro si en combate o asesinado por los suyos. La excursión por Mesopotamia se canceló. Plotino nunca llegó a la India, vivió una temporada en Antioquia y después se instaló en Roma, donde fundó una escuela distinta a las demás; no educaba a futuros políticos, letrados, científicos ni artistas, intentaba enseñar el camino hacia Dios. Tranquilina también sobrevivió a la expedición. Filipo sucedió a Gordiano, por cinco años fue emperador.