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Colaboraciones - Maitreyi Muñoz

¿Miedo a Volar?

por Maitreyi Muñoz
Maitreryi Muñoz

El otro día viajaba en avión de vuelta a casa después de unas cortas vacaciones y me entretuve observando los gestos de algunos de mis vecinos de asiento.

Unos intentaban disimular el pánico como podían mientras que a otros les era imposible esconder semejante angustia, miedo que se acrecentaba con el más mínimo traqueteo, con cualquier ruidito que alteraba la monotonía del sordo runrún de los motores.

Miedo a volar. "Es que tengo miedo a volar". No, no, querid@ tú no tienes miedo a volar, tú tienes miedo a morir.

Pisamos el suelo, tocamos esta tierra manida, este lugar que nos ancla a placeres, al trabajo desmedido o simplemente a la rutina que pasa por nuestros ojos como única verdad.

Y de repente, por una circunstancia u otra, nos vemos obligados a encerrarnos en un enorme cacharro que se supone aguantará volando a nueve mil pies de altura durante nuestro viaje.

Entonces, durante el tiempo que dura el trayecto, somos conscientes de lo efímero de nuestro paso, de que todo es perecedero, porque ese artefacto que nos sustenta en el aire puede estrellarse. Y si se estrella, lo más probable es que muramos todos.

Morir. Ese es el auténtico miedo, el auténtico pavor.

Si nos garantizaran que no habría el más mínimo incidente durante la travesía, la mayoría de los que sienten ese pánico, disfrutarían con el magnífico espectáculo de volar entre nubes que parecen de algodón, observar toda la belleza de la orografía o contemplar las luces de las ciudades como incontables luminarias en un tapiz inmenso.

Belleza de Dios infinita, momentos incomparables en la soledad de un cielo que nos acerca un poco más a lo intangible, abandono en el espacio, ese que somos, que Somos, ese que no es materia, que no es perceptible, ahí a nuestro alcance.

Confieso, no sin cierta incomodidad, que hasta hace pocos años, tenía que tomarme un tranquilizante para soportar encerrarme en un avión. Ahora ya no me sucede.

Y no ha habido psicólogos, coach, ni terapias. No ha habido nada más que una profunda convicción de que yo no soy esa que está ahí arriba con los pies colgando a tres kilómetros del suelo, yo no soy los restos que quedarían de mi cuerpo si el pájaro de acero se hiciera añicos.

Honda certidumbre de que soy la esencia que surca el universo entero, infinito, de que soy ese mismo infinito, ese mismo universo, viajera alada en la eternidad, ave redimida de polvo y paja entre rezos de los que imploran no morir sin saber que la verdadera muerte es todo lo que les esclaviza ahí abajo y de que se darán de bruces con ella, a pesar de sus plegarias, una vez traspasen la puerta de llegadas…

¡Disfrutad de vuestras vacaciones y vuestros altos vuelos!

OM

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