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Colaboraciones - Manuel Pérez Villanueva

Mente y Conciencia

por Manuel Pérez Villanueva
Manuel Perez Villanueva

El científico, avanzando cada vez más en el terreno de las neurociencias y de las disciplinas cognitivas, trata de asaltar el baluarte de la conciencia, la cual representa para él un territorio largamente deseado y perseguido.

Y es que, tras tal concepto, se esconde un misterio que le intriga porque se le resiste y porque, paradójicamente, de nuevo parece presentarse ante él inalcanzable, cada vez que pretende explicarla y está seguro de haberla atrapado.

Es lógico, por ello, que se sienta satisfecho si supone haber llegado al punto en que la misma puede ser cabalmente descrita a partir de una serie de componentes neuronales y de determinados logros de la evolución cerebral, sobre los que incidiría el aprendizaje, la socialización, la cultura, u otros cualquiera intervinientes ambientales.

Veamos, como muestra de lo antedicho y entre muchas posibles, el siguiente pasaje tomado del libro de Seteven Pinker "Comme fonctionne l’esprit" (Odile Jacob, 2000. Pg. 12), en el cual, tal como el título indica, el autor pretende explicarnos, ni más ni menos, cómo funciona el ¡espíritu!

"Quiero convenceros de que nuestro espíritu no está animado por una cierta esencia divina o por un principio maravilloso y único. El espíritu está, como la nave espacial Apolo, organizado para resolver un gran número de problemas de ingeniería y atiborrado de sistemas de alta tecnología, cada uno de los cuales está concebido para resolver sus propias dificultades…"

La obra es un formidable tratado que nos aclara infinidad de aspectos sobre nuestro vivir psicológico: por qué vemos, por qué sentimos, por qué pensamos y aún cómo lo hacemos. Y, desde luego, es una magnífica síntesis para comprender hasta que punto se han desvelado muchos íntimos secretos acerca de los mecanismos que permiten y explican las capacidades y funciones que califican al ser humano.

Sin embargo, ha de ser tenido en cuenta en todo momento que a lo que aquí se aplica el científico, y explicando la cual pretende dejar claro el misterio más profundo del espíritu del hombre, (su conciencia), no es sino lo que, empleando otro término, podemos denominar como mente, es decir, el conjunto de las capacidades, las operatividades y las funciones psicológicas de las que el ser humano es capaz.

Cerebro

Y si determinados psicólogos conductuales repudian tal término, queriendo ver todo el entramado psicológico del ser humano únicamente como un complejo de condicionamientos y aprendizajes, es decir, de disposiciones a las contingencias, relaciones estímulo-respuesta o conductas basadas en la acción y la consecuencia, no habrá inconveniente alguno en entender por tal entramado lo que se quiere indicar cuando nos referimos a la mente.

Pero la conciencia a que apunta el filósofo, aquélla que tienta el explorador de lo profundo y en la que se sumerge el hombre realizado, la conciencia que intrigó a un Schopenhauer o a un Sankara, la que rozaron los místicos, la que busca el meditador o la que forma el pilar esencial de la metafísica, nada tiene que ver con la mente ni con ese referido espíritu que el científico trata de diseccionar con sus escalpelos.

Tal conciencia, apoyatura imprescindible de cuanto es, redoma primordial y lógica de la materia, cual lo convexo para lo cóncavo o una cara de la moneda para su cruz, es aquélla que tiene que estar ahí antes de que algo sea, aquélla que tiene que darse ineludiblemente para que toda cosa aparezca, aquélla, en fin, en la que todo se manifiesta y flota.

Por lo cual, malamente pudiera ser explicada sobre la base de lo que le es posterior y tributario, siendo ella la que hace posible, por ejemplo, que la ciencia sea, que sea el científico y que sean las especulaciones que pretenden calificarla, situándola al final de un camino que únicamente por su presencia pudo comenzar.

No está dicha conciencia en la mente, ni en el cerebro ni mucho menos en el cuerpo, sino que son estos los que están en ella.

Remitid el cosmos a su momento primigenio, imaginad la más inicial de todas las cosas, atended a cualquier objeto que ante vosotros se dé y constataréis que todo eso tiene que darse en una conciencia y que ésta ya es pura, acabada y simple en todo momento, independientemente de la función tras la que se muestra, teñida circunstancialmente a tenor del aparato que la condiciona.

Evidentemente, pueden ser diferentes las formas de captar. No es lo mismo ver que oír, sentir que pensar, imaginar que oler. Y no es lo mismo el mirar del hombre que el mirar del perro, cómo escucha un mosquito o cómo escucha un murciélago. La captación se canaliza a través de órganos y de funciones más o menos desarrollados.

Pero la captación en sí misma, el darse cuenta, eso a lo que pretende señalarse al hablar en ciencia del "problema duro de la conciencia" es en su esencia semejante en cualquier escalón evolutivo. Evoluciona la manifestación, evolucionan las capacidades, pero no el principio subyacente, la conciencia básica y primordial soportadora del universo. Ésa no evoluciona ni puede evolucionar en razón de su propia esencia vacua y simplicísima.

Por encima de los modos que el cerebro permite, por encima de las sensaciones, los pensamientos y los sentimientos, está esa redoma en la que ellos se dan, ese "espacio" que los contiene, ese vacío que ellos llenan y que los hace posibles, es decir, está esa conciencia que es íntegra desde el comienzo y que es indivisible, inmaterial e inexcusable.

Podemos seguir el decurso de los acontecimientos necesarios para que un acto de percepción o una sensación cualquiera se de en nosotros. Así, comenzaremos por el objeto externo, el sentido implicado, la red nerviosa, la organización cerebral, las adecuadas sinapsis neuronales, las interacciones moleculares, incluso las atómicas, hasta llegar… ¿a dónde?

Cuando verdaderamente "nos damos cuenta" de un aroma, de un color o de un sonido y pretendemos analizar en profundidad el carácter que muestra tras el anterior periplo, es decir, cuando nos preguntamos en qué consiste realmente, qué es lo que ahí tenemos, en qué se apoya lo que percibimos, hemos de llegar a la consideración de que en último término no se trata sino de percatación pura e inapresable, es decir, de conciencia y tan solo de conciencia.

Esa conciencia que permite el fenómeno y que tiene por fuerza que estar en el trasfondo, sostenedora y explicativa de todo acto de conocimiento y conformadora del mismo como sustancia. Nada puede existir que no sea captado por ella y nada puede darse que, en definitiva, no consista en ella.

En su seno, la mente humana no es sino un instrumento más entre otros, un anteojo limitador o una especie de canal que la constriñe; un objeto al fin y al cabo que, como tal, es observado por ella cual sujeto imprescindible de toda observación.

Ése es el específico objeto que las neurociencias y las nuevos conocimientos cognitivos desmenuzan al máximo y explican, pretendiendo erróneamente desvelar con ello el misterio de lo que subyace en el fondo, aquello sin lo cual el instrumento es inútil e incluso no existiría, aquello que, siendo indescomponible, libre de evolución y carente de cambios, testimonia a cada instante lo canalizado, escapándose siempre de las lentes de los microscopios o de las coordenadas que expresen los más sofisticados ordenadores.

Así pues, ha de prestarse atención a la falacia de creer que el científico desmenuza y descubre el mecanismo de la conciencia, si por conciencia quiere hacérsenos ver lo que ha puesto bajo su platina que, en definitiva, no es sino la mente: sentidos, cerebro, neuronas, sinapsis, información, pautas de conducta, creencias, condicionamientos, formas a priori del pensamiento y otros factores en los que se apoya ese fenómeno cognitivo que, para que tal sea, ha de ser testificado finalmente por la conciencia como cognición.

Es por todas estas razones por lo que, una vez más, cabe predicar su apriórica presencia y la falacia que supone confundir con lo fenoménico a lo que, por estar fuera del tiempo y del espacio, ha de resultar siempre tan inalcanzable para el científico como inefable para el discurso.

Conciencia pura que no es sino el polo perenne e inseparable de cualquier hecho energético-material, el cual, sin darse sobre su cancha, sería del todo imposible.

Conciencia pura que ha estado ahí desde siempre y, desde luego, antes de que el mundo fuese.

Conciencia pura acerca de la cual los hombres sabios y los seres iluminados de todo tiempo y lugar intentaron hablarnos, refiriéndose a ella como la realidad última de todas las cosas; esa conciencia que, lo sepamos o no, es la verdadera esencia de cada uno de nosotros, el trasfondo irreducible cuyos dones compartimos in aeternum.

Esa conciencia, en fin, con respecto a la cual toda pretensión científica de llegar hasta su raíz o manadero y aun de explicarlos, es semejante a la pretensión que alguien tuviera de alcanzar el horizonte.

© Manuel Pérez Villanueva
11 de octubre de 2014
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