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Maya

Maya

Por Modesto Calderón Reina 19 de Junio de 2026

¿Qué hay de real en mis percepciones?

Sé que mis percepciones son mías, o sea, responden a mi mente. Si fuera distinta, tendría percepciones distintas. O sea: mis percepciones son subjetivas. O, dicho de otro modo, no son objetivas, lo que vendría, en un extremo, a significar que los objetos no existen.

Esta posibilidad —la de la no existencia, o no, al menos como creemos, de los objetos— es mi punto de partida.

Puesto que no puedo saber —al menos de momento— qué porcentaje de mis percepciones responden a lo que podríamos catalogar de objetivo, decido seguir a mi intuición y necesidades: ese porcentaje es prácticamente cero. La realidad que percibimos no existe.

Eso es lo que yo entiendo y siento. Debería insistir más bien en esto último: es lo que siento. No puedo decir que tenga argumentos mejores de los que podrían ofrecer quienes piensen lo contrario. Me encantaría encontrar esos argumentos, y entiendo que podrían ofrecerse incluso científicamente. Tal vez los avances en física cuántica nos permitan llegar a conclusiones sobre la realidad más o menos cercanos a lo que propongo, pero no pretendo aquí un planteamiento desde la ciencia.

Ni siquiera pretendo que esto que diré sea extrapolable a otras personas.
Es mi manera de ver la realidad (o de no verla).
Es mi carta de navegación.

Como digo, esto nace de lo que he sentido.
Al meditar, he visto esto: una luz.
Al acallar mis pensamientos, he sentido que solo existía esa luz. No había más.
He sentido que yo era esa luz y que todo era luz.

Después, es cierto, volvía a mi mundo de pensamientos y percepciones y aparecía lo que aproximadamente todos creemos percibir: una habitación, un cuerpo, ideas de un pasado y de un futuro. Pero durante un tiempo solo existía una luz, y eso era evidentemente la realidad.

Mi sensación y mi creencia actual es que la realidad tiene un fondo, una esencia profunda, que es esa luz que yo he visto. No sé qué es. Supongo que no puedo encontrar palabras para decir de un modo certero qué es. Si eso relaciona lo que digo con la mística supongo que es porque acaso los místicos han visto la misma luz que yo he visto y tampoco han sabido con seguridad qué decir de ella.

Sé que es una luz. Sé que es una energía. Sé que, al sentirla (no puedo decir verla, porque no la percibo por los ojos), estoy bien. Tengo la sensación de estar entonces en un lugar cercano. O, mejor, tengo la sensación de estar descansando, de haber encontrado lo que verdaderamente soy. Esto es lo que puedo contar: lo que siento entonces. Siento paz y siento alegría. Sé además lo que no siento: no siento miedo, ni deseos. Todo se paraliza en esos instantes. No hay pasado ni futuro. Solo está esa luz y la sensación de descansar en ella, como quizá el nenúfar descansa en la superficie del agua.

Pero la sensación se esfuma. Rápidamente, en apenas unos segundos, vuelven los pensamientos, las percepciones, lo que la gente cree la realidad.

¿Pero es esa la realidad? Esa materia que nos rodea, ¿es lo que existe?
Ya he dicho que no es objetiva, o que yo no siento que lo sea. Lo que yo percibo puede ser diferente a lo percibido por otro.

Y, sin embargo, tengo la impresión de que la luz que he sentido es la misma que cualquiera podría sentir al liberarse de sus pensamientos y percepciones.
Tengo la impresión de que si hay algo objetivo eso es la luz.

Así pues, esto es lo que siento: hay una realidad profunda y verdadera, que yo identifico con la luz; y hay una apariencia de realidad material con la que nuestra mente se identifica.

Todos nosotros podemos acceder a la realidad luminosa. Está en cada uno de nosotros. Tengo la sensación, incluso, de que esa luz no solo nos parece lo mismo, sino que es lo mismo. Si así fuera, tal como lo siento, mi verdadero ser sería el mismo que tu verdadero ser. Si así fuera, seríamos, directamente, lo mismo.

Tengo incluso la sensación de que en un nivel muy profundo, al que no he llegado y quizá no llegue nunca, podría a través de esa luz acceder al ser universal, o sea, a todos los seres. Podría llegar al otro porque el otro soy yo.

Pero, cuidado, no me refiero a acceder a sus pensamientos, a sus miedos, a su identidad. Eso no es su ser.

Porque, además de la luz, podemos describir otra cosa.
Y eso, de hecho, se caracteriza precisamente por este motivo: puede ser descrito.
Y puede ser descrito porque hemos creado palabras para ello. Y al crear palabras hemos intentado (pero es falso) objetivar esa otra realidad.

Así, me encuentro con que tengo un cuerpo y con que hay una realidad material. Me muevo en esa realidad material y la siento y puedo incluso pensar en ella, y la juzgo, y la clasifico, y la divido, y puedo describirla. O sea: la convierto en palabras. Por este motivo, porque puedo decirla, creemos tan a menudo que esa es la realidad. Como la luz no puede ser dicha con palabras, creemos a menudo que no existe.

Y, sin embargo, es al revés, o así lo siento.

¿Y todo esto es importante?
Sí. Todo esto es fundamental.

Recuerdo que en la luz no juzgo, no calculo, no temo, no espero, no construyo nada. Solo soy. Y ahí está la paz. Y la felicidad.

Pero en lo material no consigo ser feliz. Continuamente imagino vacíos que deseo llenar. Si acaso consigo llenar —con las mismas armas materiales— el hueco que me he imaginado, encontraré que existe otro vacío. Y así sucesivamente. La vida del pensamiento, de la mente, es el tonel de las danaides. Nunca podrá llenarse.

El problema que hasta ahora he encontrado es que mis visiones de luz son esporádicas y efímeras. Enseguida mi mente regresa y ocupa su espacio y muestra sus nudos. Paso del ser al hacer. El tiempo ha vuelto y no queda otra más que hacerle caso. Se acabó el flotar y regresó el nadar.

Es inevitable ese regreso. Al menos, para mí es inevitable. Me llamo Modesto Calderón, soy profesor de instituto, tengo un hijo, unas responsabilidades, un calendario lleno de fechas. Miro a mi alrededor y veo paredes. No pretendo que eso no exista. Es inevitable el regreso, pero puedo, tal vez, transformarlo en algo más verdadero.

Mi tesis es, por tanto, que existe una verdad a la que accedo muy de cuando en cuando (quizá uno o dos minutos, no más, cada vez que medito), y una imagen de verdad en la que estoy enredado el resto del tiempo (ya, en sí, hablar de tiempo me sitúa en esa imagen).

Puedo hacer varias cosas.
En primer lugar: meditar más. Acostumbrarme a ser. Regresar a mi hogar, a mi luz, y reposar en ella, tanto como me sea posible.
En segundo lugar: puesto que vivo materialmente, como un cuerpo con su mente —inevitablemente relacionados—, en lo que los budistas llamarían samsara, puedo intentar sentir ese samsara, esa realidad material, como lo que es: una imagen de mi mente. A veces lo he conseguido, y es verdaderamente revelador.

Lo que quiero decir es que he logrado —varias veces— sentir que todo lo que me rodea y percibo no es real. He llegado a sentir que todo eso era un sueño y que, por tanto, carecía de realidad física.

Lo he sentido tanto, tan intensamente, que he llegado a creerlo. Y bien, es cierto que no me basta con creerlo. Necesito sentirlo todo el tiempo, y eso no me ocurre aún a menudo. Generalmente vivo, como todos o casi todos, en la convicción mental de que estas circunstancias son la realidad. Tengo miedo, deseos, apegos, aversiones. Todo ello, sin embargo, se esfuma en los momentos en que he llegado a sentir la irrealidad de lo aparentemente real.

Reconozco que me esfuerzo. No parece estar en mi mente, tal como ahora la tengo educada, la habilidad para sentir continuamente esa irrealidad.
Me esfuerzo, en primer lugar, en ser consciente. Me concentro en la sabiduría de que la verdad no es esto. Si me vuelvo consciente de ello, si reiteradamente hago el esfuerzo de recordármelo (esto no es la realidad), soy capaz de dar el segundo paso, que quizá sea más difícil (para el primero podría bastar con una alarma que sonara cíclicamente).

El segundo paso consiste en hacer el ejercicio de sentir lo que me rodea como si no fuera real. Me funciona imaginarme todo lo que me rodea como un videojuego. Me parece una metáfora acertada. Siento que tanto yo como todos los que percibo son apenas avatares de un jugador (tal vez solo uno) que es capaz, a la vez, de manejarlos a todos a partir de unas reglas establecidas (que podríamos considerar leyes físicas). Visto así, como un juego, siento fácilmente que no soy más que otros, ni los otros más que yo. Siento, además, una gran facilidad para aceptar los acontecimientos del juego, puesto que no los veo en ningún caso como algo mío, sino como un marco ajeno a mí. Puedo, incluso, verme como protagonista de una pequeña parte en la que mi influencia puede afectar a otros (y, finalmente, a todo lo demás, positiva o negativamente), y, por tanto, siento mi responsabilidad. Curiosamente —o no— he sentido algo que interpreto como amor. Al aceptar este juego, he llegado a admirarlo y a maravillarme por él sin necesidad de apegarme. ¿Podría un jugador sufrir verdaderamente por las circunstancias de su juego al ser consciente de que eso es lo que es: un juego?

Miro alrededor. Me maravillo cada vez más a menudo.

Voy llegando al final. Surge una pregunta imprescindible. Si ese jugador que soy yo, si ese personaje ficticio que soy, actúa en un mundo igualmente ficticio, ¿quién está jugando? ¿Quién es de verdad el jugador?

© 2026, Modesto Calderón Reina