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Javier Gutiérrez Ornelas

Derviche

Más allá del bien y del mal

El campo donde todo se encuentra

Por Javier Gutiérrez Ornelas 24 de abril de 2026

La mente humana está profundamente estructurada en torno a la dualidad. Desde muy temprano aprendemos a clasificar la experiencia: bueno o malo, correcto o incorrecto, deseable o rechazable. Esta forma de percibir el mundo no es un error; es una herramienta funcional que permite la convivencia, la toma de decisiones y la supervivencia.

Sin embargo, la no-dualidad apunta a una dimensión que trasciende esta estructura. No niega la utilidad de lo relativo, pero revela que, en lo más profundo, la realidad no está dividida en opuestos.

Hace algún tiempo estuve en Konya, en Turquía, y visité la mezquita-museo vinculada al lugar donde descansa Rumi. Estar ahí no fue para mí solo una experiencia cultural o histórica; fue una invitación silenciosa a contemplar algo que sus palabras siguen señalando siglos después. En ese espacio sentí con fuerza que la verdadera enseñanza no consistía únicamente en pensar distinto, sino en mirar desde un lugar más hondo que las divisiones habituales de la mente. Esa vivencia me hizo reflexionar profundamente en una de sus frases más conocidas:

«Más allá de las ideas de bien y mal hay un campo. Allí nos encontramos»

Ese «campo» no es un lugar físico ni un estado místico lejano. Es la conciencia misma en la que todas las experiencias aparecen: lo agradable y lo incómodo, lo correcto y lo erróneo, lo luminoso y lo oscuro.

En ese espacio, la vida no está fragmentada.

¿Por qué vivimos atrapados en la dualidad?

Primero, por la necesidad de orientación. La mente utiliza categorías para moverse en el mundo. Sin ellas, sentiría desorden. Clasificar simplifica la realidad y nos da una sensación de control.

Segundo, por la construcción del yo. El personaje psicológico se define a través de juicios: «esto soy», «esto no soy». La dualidad moral refuerza esa identidad, separando lo aceptable de lo rechazado.

Tercero, por el miedo a la ambigüedad. Permanecer en un espacio donde las etiquetas pierden fuerza puede generar incertidumbre. La mente prefiere una certeza limitada antes que una apertura sin definiciones.

El campo al que apunta Rumi

Ese campo no elimina las diferencias en el plano práctico. Seguimos reconociendo acciones constructivas o destructivas, decisiones sabias o impulsivas. Pero la carga emocional que las divide se disuelve.

En la experiencia directa, antes de que el pensamiento interprete, todo aparece como un mismo tejido de conciencia. El sonido, la emoción, el pensamiento, la sensación corporal… todo surge en el mismo espacio sin separación real.

Ahí, la vida no está en conflicto consigo misma.

Cuando el alma —o más precisamente, la atención— descansa en ese lugar, deja de luchar por definir cada experiencia. Lo que es, simplemente es. Y en esa simplicidad, surge una forma distinta de claridad: no conceptual, pero profundamente lúcida.

Propuestas para reconocer este campo

Notar el juicio en el momento en que surge: A lo largo del día, observa cuántas veces la mente etiqueta automáticamente la experiencia. No intentes cambiarlo; solo reconoce el movimiento.

Percibir antes de nombrar: Toma un instante para experimentar algo —un sonido, una emoción, una sensación— antes de ponerle una etiqueta. En ese espacio previo, la experiencia es más amplia y menos fragmentada.

Descansar en la conciencia misma: Más allá de lo que aparece, hay algo constante: la capacidad de percibir. Lleva la atención ahí. No como idea, sino como evidencia inmediata.

Más allá del bien y del mal no significa ausencia de ética. Significa una ética más profunda, que no nace del juicio rígido, sino de la comprensión directa de la interconexión.

Cuando no hay un «otro» completamente separado, la acción naturalmente se vuelve más cuidadosa, más sensible, más humana.

El campo del que habla Rumi no es un escape del mundo, sino la forma más íntima de habitarlo.

Y cuando la mente se aquieta lo suficiente para reconocerlo, ocurre algo difícil de describir: La experiencia deja de ser un problema que resolver... y se revela como una totalidad que ya está completa.

© Javier Gutiérrez Ornelas, 2026