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Los dedos que parecían separados

Los dedos que parecían separados

Por Javier Gutiérrez Ornelas 24 de julio de 2026

La mente humana posee una capacidad extraordinaria para resolver problemas, crear tecnología y transformar el mundo. Sin embargo, cuando se trata de comprender la naturaleza profunda de la realidad, tiene una limitación importante: interpreta el mundo fragmentándolo.

Observa objetos separados, personas separadas y acontecimientos independientes. Esa forma de percibir resulta muy útil para desenvolvernos en la vida cotidiana, pero no necesariamente refleja cómo son realmente las cosas.

Las tradiciones contemplativas han señalado desde hace siglos que existen tres aspectos fundamentales de la realidad que la mente suele pasar por alto.

El primero es la impermanencia. Todo aquello que conocemos cambia constantemente. El cuerpo cambia, las relaciones cambian, las emociones cambian y también cambian nuestras ideas, nuestras células e incluso las montañas. Sin embargo, la mente actúa como si las cosas fueran permanentes y, cuando inevitablemente cambian, aparece el sufrimiento.

El segundo aspecto es la creencia en un yo separado y permanente. Vivimos convencidos de que existe un «alguien» fijo dentro de nosotros que controla la experiencia. Sin embargo, cuando observamos atentamente descubrimos que lo único que encontramos son pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones corporales y procesos que aparecen y desaparecen continuamente. ¿Dónde está entonces ese yo sólido que creemos ser?

Pero quizá la mayor ilusión sea el tercer aspecto. La mente percibe el universo como una colección de elementos independientes, cuando en realidad todo existe gracias a una inmensa red de relaciones.

Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar Uruguay. En la playa de Punta del Este hay una escultura muy conocida: una enorme mano que emerge de la arena. Desde la distancia solo pueden verse los dedos sobresaliendo del suelo.

Al contemplarla, vino a mi mente una reflexión. Cada dedo parece completamente independiente de los demás. Incluso podría pensarse que cada uno tiene existencia propia. Pero basta imaginar la parte que permanece enterrada bajo la arena para comprender que los cinco dedos pertenecen a una sola mano. La separación era únicamente aparente.

Muchas veces nosotros vivimos exactamente igual.

Nos sentimos individuos aislados intentando abrirnos camino en un universo compuesto por «otros». Pensamos que nuestra existencia comienza y termina en los límites de nuestro cuerpo, olvidando que respiramos el aire que producen los árboles, que cada célula depende del alimento, del agua y del sol, que nuestro lenguaje nació gracias a miles de generaciones y que incluso nuestros pensamientos han sido moldeados por incontables encuentros con otras personas.

Nada existe completamente por sí mismo. Una flor depende de la lluvia. La lluvia depende de las nubes. Las nubes dependen del océano. El océano depende del sol. Y nosotros dependemos de todo ello.

La ciencia moderna lo confirma continuamente. Los ecosistemas, el clima, el cuerpo humano y hasta el universo muestran un nivel de interdependencia extraordinario. Lo que llamamos «individuo» es, en realidad, un punto de encuentro de innumerables causas y condiciones que se sostienen mutuamente.

Quizá el sufrimiento humano no provenga únicamente de los acontecimientos difíciles. Tal vez nazca, sobre todo, de sentirnos separados de la vida.

Porque cuando creemos que somos un dedo aislado, aparece el miedo, la competencia y la necesidad constante de defendernos. Pero cuando comenzamos a intuir que pertenecemos a una misma totalidad, algo cambia profundamente.

La compasión deja de ser una obligación moral y se convierte en una consecuencia natural. Cuidar de otros deja de sentirse como un sacrificio. Respetar la naturaleza deja de ser una idea romántica. Comprendemos que dañar una parte del entramado es, de alguna manera, dañarnos también a nosotros mismos.

Quizá la mente siga viendo dedos separados. Pero la sabiduría comienza cuando descubrimos la mano que siempre estuvo oculta bajo la arena. Y entonces comprendemos que nunca hemos estado realmente separados. Solo habíamos olvidado mirar un poco más profundamente.

© Javier Gutiérrez Ornelas, 2026