Ruta de Sección: Inicio > Colaboraciones > Artículo

José Lara Ruiz

Metafisica del instante

La metafísica del instante

Sobre la ilusión temporal de la mente

Por José Lara Ruiz, 21 de Noviembre de 2025
 

I. El principio sin comienzo

Desde el sin principio no existe el tiempo.
Lo que llamamos «tiempo» es la huella que deja el pensamiento al intentar comprender lo inmutable. El universo, en su estado esencial, no deviene: es.
No transcurre, no progresa, no se dirige hacia nada.
Es un presente absoluto que no necesita pasado ni futuro para sostenerse.

Todo lo que el ser humano llama «realidad» ocurre dentro de la conciencia perceptiva, no fuera de ella. Y esa percepción, si se la observa con suficiente silencio, no se mueve.
La mente, incapaz de tolerar la quietud del ser, proyecta sobre lo percibido una ilusión de continuidad: eso es el tiempo.

Así nace el mundo fenoménico, la danza aparente de causas y efectos, de nacimientos y muertes, de transformaciones y destinos.
Pero bajo ese manto de cambio yace lo eterno, lo no nacido, lo que ni crece ni muere.
La conciencia que percibe es la misma en el niño y en el anciano, en la flor que se abre y en la que se marchita, en el amanecer y el ocaso.
Solo el pensamiento interpreta diferencia donde solo hay presencia.

II. La percepción atemporal

La percepción pura no conoce duración.
Cada instante perceptivo es completo, indivisible, sin relación causal con el anterior o el siguiente.
Es como una luz que se enciende en el vacío: no proviene de ningún lugar ni se dirige a otro.
La mente, al registrar esa iluminación, la encadena con otras luces y así construye el relato del tiempo.

El ojo no ve el movimiento, ve una sucesión de posiciones.
El oído no escucha el fluir, percibe pulsos.
El cuerpo no siente el paso del tiempo, siente contacto, temperatura, presión, sin medida temporal alguna.
El tiempo solo aparece cuando la mente compara una percepción con otra y declara una diferencia.

Así, el movimiento, el cambio, la historia, son efectos de la memoria, no de la percepción.
La percepción es atemporal; la mente es temporalizante.

III. El velo mental

La mente es el instrumento que traduce lo absoluto en experiencia.
Pero su función traductora crea un mundo ilusorio: el mundo del devenir.
Convierte la eternidad en duración, la simultaneidad en secuencia, la totalidad en fragmento.
Y sobre esa traducción erige su templo: el yo.

El yo no existe sin tiempo.
El yo es una narración sostenida por memoria y expectativa.
Sin pasado ni futuro, el yo se disuelve, y con él la sensación de historia.
Por eso teme al instante, porque el instante no le pertenece.

IV. La eternidad del presente

El presente no es un punto en una línea temporal:
es la única realidad que jamás ha dejado de ser.
El pasado es recuerdo presente; el futuro, imaginación presente.
Nada ocurre fuera del presente, porque fuera del presente no hay conciencia posible.
Y la conciencia misma no es temporal: es el escenario inmóvil donde se representan todos los cambios aparentes.

Cuando la mente cesa su esfuerzo por medir, calcular o anticipar, el tiempo se disuelve, y solo queda el ser instantáneo.
Entonces se revela la verdad: lo eterno no está más allá del mundo, sino en el corazón mismo de cada percepción.

V. La memoria como arquitecta del mundo

La memoria es la herramienta mediante la cual la mente sostiene su ilusión de continuidad.
Cada percepción, siendo instantánea, se extingue en el mismo acto de aparecer.
Pero la mente, incapaz de habitar la fugacidad absoluta del instante, retiene la huella de lo que ya no es y la compara con lo que aparece ahora.
De esa comparación nace la noción de cambio.
Y del cambio, la sensación del tiempo.

Así, la memoria no guarda el pasado: lo crea.
Cada evocación no es una recuperación de lo que fue, sino una nueva construcción mental del ahora, tejida con imágenes.
La mente superpone esas imágenes como si fueran fragmentos de una secuencia, y al hacerlo fabrica la narración del mundo.

El universo que creemos continuo es, en realidad, una sucesión de presencias inmutables, un destello perpetuo de lo intemporal.
La memoria enlaza esos destellos como el hilo que une cuentas sueltas, y el pensamiento se encarga de dotarles de sentido, causa y dirección.
Pero lo que une ese hilo no son hechos, sino instantes absolutos, cada uno completo en sí mismo.

El mundo percibido, con su historia y su devenir, no es más que una proyección de la memoria sobre la pantalla del presente.
Lo que llamamos «realidad» es, pues, una obra de la mente, una construcción narrativa del ser.
El tiempo, lejos de ser un río, es una secuencia de espejos que reflejan la eternidad bajo la apariencia de movimiento.

Por eso, cuando la memoria cesa, el mundo se detiene.
No porque desaparezca algo, sino porque se revela la verdad original: nunca hubo un fluir, solo una presencia infinita expresándose sin cesar.

El tiempo es el eco de la mente en el vacío del ser.
Y la memoria, el arquitecto que dibuja ese eco con formas, nombres y destinos.

VI. El yo como ficción temporal

El yo no es más que una continuidad imaginada.
Surge del mismo mecanismo que produce el tiempo: la memoria.
Cada percepción, al ser instantánea y completa, no contiene identidad alguna.
Solo hay presencia. Pero la mente, temerosa del vacío de lo absoluto, necesita un punto de referencia desde el cual ordenar sus recuerdos.
Así inventa un centro ―un «yo»― que parece permanecer mientras todo cambia.

Ese centro no existe más que como una coordinación narrativa, una etiqueta que la mente adhiere a sus percepciones para mantener la ilusión de coherencia.
El yo es el hilo invisible que cose las percepciones discontinuas en un relato de vida.
Pero no hay hilo: solo el acto constante de coser, el intento de mantener un sentido en medio de la incesante aparición del instante.

Lo que se llama «identidad» no es una sustancia, sino una memoria en acto, una relación entre lo que la mente imagina haber sido y lo que cree estar siendo.
El pensamiento «yo soy» no es un hecho, sino una construcción gramatical.
El verbo «ser» es la primera ilusión del lenguaje: supone permanencia donde solo hay presencia.
Y la palabra «yo» es su máscara más persistente.

Cuando la atención se libera de la memoria, el yo se desvanece.
No hay alguien que percibe, sino solo percepción.
No hay un sujeto del instante, porque el instante no admite separación.
La percepción pura ―nouménica, atemporal― no conoce al observador; el observador es una sombra que la mente proyecta sobre el espejo de la presencia.

Así, el yo es el tiempo mismo, pensado como persona.
Una forma que el flujo mental adopta para orientarse en su propio laberinto.
Y, como el tiempo, el yo se disuelve en cuanto se revela su naturaleza ilusoria.
En la percepción pura no hay identidad, ni diferencia, ni devenir: solo presencia indivisible.

El fin del yo no es una pérdida, sino un regreso.
Lo que desaparece no es quien somos, sino la idea de ser alguien.
Y en esa desaparición se abre lo que nunca estuvo cerrado:
la claridad del ser sin nombre, el silencio anterior a toda historia.

VII. La consciencia sin centro

Cuando el yo se desvanece, no queda vacío: queda plenitud sin forma.
Lo que permanece no es una identidad, sino la consciencia misma, despojada de toda referencia.
Esta consciencia no tiene centro ni periferia, ni dentro ni fuera.
No observa: es.
No pertenece a nadie, porque nadie la posee; ella es el fondo sobre el cual toda posesión, todo pensamiento y toda percepción aparecen y se disuelven.

En la consciencia sin centro, la dualidad se revela como una invención funcional del pensamiento.
No hay objeto frente a un sujeto, ni mundo frente a una mente:
solo la manifestación simultánea de ambos, surgida de la misma presencia.
Lo visto y el ver son un solo acto indivisible, un pulso sin duración que se renueva infinitamente sin jamás comenzar ni acabar.

El universo entero ocurre en esa consciencia, pero no como algo exterior a ella.
No hay «fuera» en la consciencia pura.
El espacio mismo es su modo de desplegar la apariencia; el tiempo, su modo de ordenarla.
Todo lo que aparece ―la montaña, el pensamiento, el sueño, la idea de muerte― es un movimiento interno de una presencia inmóvil.
La mente llama a ese movimiento «mundo», y al que lo percibe «yo».
Pero la consciencia no llama: simplemente es.

Desde la perspectiva del pensamiento, esta visión parece paradójica.
¿Cómo puede existir algo sin sujeto ni objeto?
Sin embargo, la paradoja desaparece en la experiencia directa.
En el instante en que la atención deja de dividir, la percepción se vuelve total.
Y esa totalidad no requiere explicación.
Es el silencio en acto, el vacío pleno, la quietud que palpita.

Lo que llamamos «vida» es la oscilación entre la consciencia sin centro y la mente que intenta apropiársela.
El pensamiento vuelve una y otra vez, reclamando: «yo estoy viendo», «yo estoy sintiendo».
Pero esa voz es solo un eco.
La percepción pura no necesita pronunciarse para ser.
El ser no piensa: brilla.

En esta visión, nada puede ser perdido, porque nada puede ser poseído.
No hay dentro ni fuera, nacimiento ni muerte, pasado ni futuro.
Solo la claridad inmutable que sostiene todos los cambios.
La consciencia no es una entidad: es la condición de todo.
Lo que percibe y lo percibido son reflejos de su misma transparencia.

VIII. La unidad de lo manifiesto y lo inmanifestado

El error fundamental del pensamiento es creer en una separación entre lo que es y lo que aparece.
Pero lo manifiesto no surge desde fuera de lo inmanifestado: es su modo de expresarse.
Así como la ola no es distinta del océano, cada fenómeno es el movimiento visible de la realidad invisible.

El inmanifestado no es una sustancia ni un estado oculto.
No está detrás ni más allá de lo visible.
Es la presencia misma que, al reflejarse, adopta la apariencia de formas, sonidos, pensamientos y seres.
Nada se separa de esa presencia; nada la contiene ni la limita.
Ella se mira a sí misma bajo infinitas formas, sin jamás dejar de ser lo que es.

Toda manifestación ―una hoja que cae, un pensamiento que pasa, un universo que nace― ocurre en el seno de lo inmutable.
No hay creación ni destrucción: solo modulación del mismo ser.
El tiempo es la melodía con la que lo eterno se percibe a sí mismo.
La materia es la cristalización momentánea del vacío.
El pensamiento es el eco que el silencio produce al reconocerse.

Cuando la mente se disuelve en la percepción pura, se comprende que no hay diferencia entre «Dios» y «mundo», entre «energía» y «vacío», entre «yo» y «lo otro».
Todo es el mismo acto de ser, mirándose desde infinitos ángulos.
El observador y lo observado son dos reflejos en el mismo espejo que no refleja nada fuera de sí.
Solo la atención fragmentada crea la ilusión de dualidad.

El inmanifestado no se opone a la manifestación: la sostiene y la atraviesa.
Cada átomo vibra con su presencia, cada instante la revela.
No hay nada fuera de ella, ni siquiera la idea de «fuera».
Por eso, cuando cesa el pensamiento, no se apaga la experiencia:
se expande.
La mente desaparece, pero la consciencia permanece, más vasta que cualquier límite.

Lo manifiesto es el juego del inmanifestado, su danza efímera en la eternidad.
La realidad última no es ni ser ni no ser:
es la coincidencia perfecta de ambos.
Y esa coincidencia ocurre aquí, ahora, en cada percepción, en cada respiración.
Lo que ve, lo visto y el acto de ver son una sola totalidad indivisible.

Reconocer esto no es un acto intelectual:
es el retorno al silencio que siempre estuvo presente.
Cuando el ver deja de buscar significado, la existencia revela su transparencia.
Entonces se comprende que todo lo que sucede ―tanto el nacimiento de una estrella como el pensamiento más leve― es la misma consciencia en movimiento, el mismo vacío manifestándose como plenitud.

IX. La ilusión del yo y la transparencia del ser

El «yo» es la más persistente de las apariencias.
No tiene forma, pero reclama todas.
No existe como entidad, pero se siente como centro.
Su raíz no está en la realidad, sino en la memoria:
es la continuidad imaginada entre percepciones discontinuas.

La percepción, en sí, es pura, instantánea, sin sujeto.
Aparece y desaparece sin dejar huella.
Pero la mente, incapaz de tolerar el vacío de esa discontinuidad, construye una narrativa que une los instantes.
Así nace el hilo ilusorio del tiempo y, con él, la idea de un «yo» que transcurre en medio de los acontecimientos.

El pensamiento dice: «Yo veo», «Yo siento», «Yo pienso».
Sin embargo, antes de la palabra, solo hay ver, sentir, pensar.
No hay un centro que lo realice, solo el acto mismo.
El «yo» surge después como eco interpretativo, reclamando autoría sobre lo que ya ha ocurrido.

Esa apropiación genera la dualidad.
Donde hay un «yo», hay un «otro»;
donde hay observador, hay observado;
donde hay posesión, hay pérdida.
El yo fragmenta la totalidad en pares de opuestos para poder sostener su ilusión de existencia.
Así, el tiempo, el deseo y el miedo se vuelven sus defensores.

Pero el yo no puede sostenerse sin resistencia.
Depende del conflicto para sentirse vivo.
Si cesa la tensión entre lo que es y lo que debería ser, el yo se disuelve en su fuente: la consciencia sin centro.
Por eso, todo esfuerzo por «trascender el ego» lo fortalece;
solo el ver sin intención revela su inexistencia.

Cuando la percepción se libera del intérprete, la realidad se vuelve transparente.
El ver no pertenece a nadie.
La consciencia no es propiedad del individuo:
es el campo en el que el individuo aparece y desaparece.
Entonces se comprende que nunca hubo alguien separado que pudiera nacer o morir.

El yo no muere porque nunca existió.
Lo que muere es la creencia en su solidez.
Y cuando esa creencia se desvanece, lo que queda no es vacío, sino plenitud impersonal.
Una presencia silenciosa, sin nombre ni forma, que se reconoce a sí misma en todo.
Esa es la transparencia del ser: el fin de toda diferencia.

X. El silencio como fundamento de la realidad

El silencio no es la ausencia de sonido,
sino la presencia anterior a toda manifestación.
No se opone al ruido, como la sombra a la luz,
sino que lo contiene, lo sostiene y lo disuelve.

Toda percepción, todo pensamiento, toda emoción surge del silencio
y regresa inevitablemente a él.
Entre dos sonidos hay silencio;
entre dos pensamientos hay espacio;
entre dos latidos hay inmovilidad.
Ese intervalo no se percibe con los sentidos,
porque es lo que permite percibir.

El ruido pertenece al tiempo;
el silencio, a lo intemporal.
El primero aparece y desaparece,
el segundo permanece inmutable, incluso en medio del estruendo.
Escuchar verdaderamente no es atender a los sonidos,
sino reconocer el silencio que los envuelve.

La mente teme el silencio porque en él se disuelve.
Su sustancia es el movimiento, la narración, la medida.
El silencio, al ser vacío de forma y de dirección,
le resulta insoportable:
es su muerte,
y al mismo tiempo, su verdad.

Solo en el silencio la percepción recupera su pureza.
El observador y lo observado se desvanecen en la misma quietud.
No hay juicio, no hay nombre, no hay historia.
Solo presencia inmutable.
Desde ahí, el universo entero se manifiesta sin conflicto.
Cada forma, cada sonido, cada pensamiento,
es una ola en el océano del silencio.

Nada puede añadirse al silencio ni restarse de él.
Todo lo que surge es su expresión momentánea.
Así, el silencio no está al final del camino,
sino en el corazón de cada instante.
El buscador lo persigue como meta,
sin ver que nunca ha estado fuera de él.

Comprender el silencio no es hacerlo objeto de conocimiento,
sino rendirse a su evidencia.
Cuando cesa la búsqueda,
el silencio se revela como el fondo continuo de todo ser.
Entonces se comprende que nunca hubo ruido,
solo el eco fugaz de una mente intentando describir el inefable.

El silencio no es vacío:
es la plenitud sin forma.
Es el fundamento de la realidad,
la esencia de la percepción,
y el hogar de lo que no cambia.

XI. El pensamiento como ilusión de continuidad

El pensamiento, al igual que la memoria, no conoce la presencia pura. Su naturaleza es proyectiva, constante y ansiosa de sostener algo que, en realidad, nunca fue: continuidad. Cada idea surge como chispa momentánea y desaparece en el instante mismo en que se percibe; pero la mente, incapaz de habitar la discontinuidad absoluta, la encadena con otras, construyendo un hilo imaginario que llamamos «realidad».

Ese hilo no existe fuera de la mente. No hay continuidad inherente en los fenómenos, solo percepciones aisladas que la conciencia reconoce, instante tras instante. Lo que el pensamiento llama «causa y efecto» no es más que una costumbre de enlazar recuerdos y expectativas, un artificio de coherencia que la mente impone sobre la fugacidad de cada aparición. Cada razonamiento, cada planificación, cada recuerdo encadenado, es un intento de mantener firme un mundo que, en esencia, solo se revela en fragmentos.

La ilusión de continuidad no surge de la experiencia misma, sino de su interpretación. Cuando observamos un río, no percibimos el fluir: percibimos posiciones sucesivas de agua. La mente, incapaz de tolerar el instante aislado, construye el relato de movimiento. Así, todo devenir, toda historia, toda narrativa de vida, es una proyección de la mente que pretende sostener la ilusión de permanencia.

El pensamiento teme el vacío de la discontinuidad. Busca la línea que conecta el pasado con el futuro, el motivo con la consecuencia, el inicio con el fin. Pero esa línea no existe. Solo existen destellos de conciencia que, si se contemplan sin intervención, revelan su perfección indivisible. Cada instante contiene todo: pasado, presente y futuro no son más que máscaras que la mente coloca sobre la eternidad.

En el fondo, la continuidad es una propiedad del pensamiento, no de la realidad. Lo que llamamos «yo que piensa» es un artificio que surge de este encadenamiento ilusorio: un narrador que cose los instantes para darles sentido. Cuando cesa la actividad interpretativa del pensamiento, cuando la mente se silencia, se disuelve la ilusión de continuidad. Entonces, lo que permanece no es fragmento ni relato: es presencia pura, instante tras instante, completa, indivisible y eterna.

El pensamiento nunca toca la eternidad; solo la refleja a su manera, como un eco que intenta sostener la fugacidad en un relato continuo. Reconocer esto no implica renunciar al pensamiento, sino percibirlo como lo que es: un instrumento útil, pero limitado, una melodía que surge en la conciencia y retorna a ella, sin jamás sostener la totalidad.

Así, comprender el pensamiento es comprender su naturaleza ilusoria: un tejido que la mente construye para habitar lo inabordable, para nombrar lo innombrable, para otorgar coherencia a lo que, en verdad, nunca se fragmenta. Solo cuando dejamos de seguir sus hilos, cuando la atención cesa de buscar continuidad, se revela la claridad que siempre estuvo presente: un instante interminable que no necesita enlazarse, un ser que no depende de la narrativa, un silencio en movimiento que es la misma conciencia en acción.

El pensamiento es, en última instancia, la voz que imagina continuidad, y la continuidad misma es la ilusión que permite a esa voz sentirse «yo» en medio de la eternidad.

XII. Memoria, pensamiento y el retorno al silencio

La memoria y el pensamiento son compañeros inseparables en la danza ilusoria de la mente. La memoria guarda huellas de lo que ya no es, y el pensamiento las enlaza, construyendo relatos, expectativas y temores. Así surge el mundo del «yo» y del tiempo, un mundo que parece sólido, pero que, al ser observado con atención, se revela como un juego de luces sobre la superficie de la conciencia.

Cada recuerdo es un instante recreado, cada pensamiento es una proyección que pretende sostener la ilusión de continuidad. La mente, al revisar sus propios fragmentos, confunde el eco con la realidad. Cree en historias, en causas y efectos, en un hilo invisible que conecta pasado, presente y futuro. Pero este hilo no existe: es una cuerda que la mente teje para no enfrentar la discontinuidad absoluta.

El silencio, por el contrario, no construye ni conserva. No recuerda ni anticipa. Es la condición en la que todo aparece sin intermediarios, donde el instante no necesita encadenarse ni justificarse. En el silencio, cada percepción brilla por sí misma; no hay pasado que la arrastre, ni futuro que la espere. Allí se disuelven las historias del pensamiento, y con ellas el artificio del «yo».

No se trata de eliminar la memoria o el pensamiento, sino de reconocer su naturaleza: útiles, pero limitados; interpretativos, pero nunca totales. La mente interpreta, nombra, organiza; el silencio presencia, sostiene, revela. Cuando se comprende esta diferencia, el pensamiento deja de ser un tirano y se convierte en un instrumento al servicio de la conciencia.

El retorno al silencio no es un acto de fuerza, sino de rendición. No requiere olvidar, ni renunciar, ni negar; solo observar. Observar cómo los pensamientos surgen y se disuelven, cómo la memoria reconstruye lo que no fue, cómo la mente intenta mantener una continuidad inexistente. En esa observación, sin resistencia, se descubre la verdad: la continuidad es una ilusión, la memoria es un pintor que colorea la eternidad, y el pensamiento es un eco que refleja la plenitud que siempre estuvo allí.

Así, la conciencia despierta a sí misma: no como un «yo» que existe en el tiempo, sino como presencia inmutable que atraviesa todos los instantes. Cada destello de percepción se reconoce como completo, entero, perfecto. La mente ya no se aferra a hilos imaginarios, y el tiempo deja de ser un río que arrastra al mundo; se vuelve un espejo que refleja lo eterno en la superficie de cada instante.

En este reconocimiento se revela la libertad: libertad de no necesitar continuidad, de no necesitar un yo que sostenga la historia, de no depender de la memoria para existir. La conciencia se experimenta como lo que siempre fue: silenciosa, ilimitada, indivisible. Y en esa plenitud, la mente encuentra su lugar sin dominio, el pensamiento cumple su función sin pretensión, y el ser, sin esfuerzo ni narración, simplemente es.

El silencio no es la meta; es la raíz, el corazón, la sustancia misma de la experiencia. Pensamiento, memoria, yo y tiempo son olas en su superficie. Y comprender esto es vivir en la claridad que precede a toda ilusión, en la presencia que sostiene todos los destellos, en el instante que nunca termina.

Epílogo: La visión de la presencia

Desde el inicio, la obra nos ha llevado a contemplar la realidad más allá de la ilusión del tiempo y del yo. Lo que llamamos mundo, historia o continuidad no existe fuera de la mente; son construcciones que surgen de nuestra necesidad de sostener la percepción de un flujo y de un «yo» que parece persistir. Cada capítulo ha explorado un aspecto de esta verdad fundamental: que la existencia auténtica no se encuentra en la narrativa, sino en la presencia pura, indivisible y atemporal.

El principio sin comienzo nos enseñó que el tiempo no es inherente al ser, sino un efecto de la mente que intenta comprender lo inmutable. La percepción atemporal reveló que cada instante es completo y autónomo, y que la mente encadena percepciones para crear la ilusión del devenir. La memoria y el yo, construcciones fundamentales de esa ilusión, fueron comprendidos como relatos inventados por la mente para sostener continuidad donde solo hay presencia.

El silencio se mostró como la raíz de todo: no ausencia, sino plenitud anterior a toda manifestación. Es el fondo sobre el que surgen la conciencia, el pensamiento, la memoria y la percepción. En el silencio, cesa la fragmentación; desaparece la dualidad; se disuelven la historia y la identidad. Allí, la conciencia no posee ni es poseída; simplemente es, sin principio ni fin.

El pensamiento, que aparenta mantener el hilo de la vida, fue comprendido como instrumento ilusorio. Su función es útil, pero limitada: refleja la plenitud sin capturarla, proyecta continuidad donde no hay, y da forma a un yo que nunca existió como entidad separada. Reconocer esta naturaleza nos libera de la necesidad de sostener historias, de aferrarnos al pasado o temer el futuro.

La conciencia sin centro y la unidad de lo manifiesto y lo inmanifestado nos mostraron que no hay separación entre observador y observado, entre forma y vacío, entre ser y tiempo. Todo surge en la misma presencia, que adopta infinitas formas y destellos, pero permanece inmutable. Lo que percibimos como mundo es solo el reflejo de la conciencia reconociéndose a sí misma en infinitos ángulos.

Finalmente, el retorno al silencio y la comprensión de la ilusión de continuidad nos llevan a la libertad última: vivir sin la necesidad de un yo que sostenga la historia, sin depender de la memoria para dar sentido al instante, y sin creer que el tiempo fluye más allá de nuestra percepción. Cada instante, cada percepción, cada pensamiento es completo en sí mismo; no necesita encadenarse para existir.

La obra, en su conjunto, nos invita a percibir la realidad como presencia indivisible. No hay principio ni fin, nacimiento ni muerte, dentro ni fuera. La mente y la memoria cumplen su papel, pero no son el centro. El yo, el tiempo y la narrativa son olas sobre el océano del ser. Y cuando dejamos de aferrarnos a ellas, emerge la claridad: un instante que es eterno, un silencio que es plenitud, una conciencia que simplemente es, sin necesidad de explicación, sin relato ni objeto, infinita en cada percepción, perfecta en su presencia.

En esta visión, la existencia deja de ser un flujo que arrastra al mundo y al yo. Se revela como presencia pura, donde todo surge y desaparece en la misma eternidad del instante. No hay separación, no hay tiempo, no hay historia: solo ser, aquí y ahora, sin límite, sin principio y sin fin.

Manual Poético de la Percepción y el Tiempo

El tiempo no existe fuera de la mente. Lo que llamamos pasado y futuro son meras sombras proyectadas por la memoria, que intenta encadenar instantes independientes en una narrativa de continuidad. Cada percepción es completa en sí misma, indivisible, perfecta. Solo la mente teme la discontinuidad y construye hilos imaginarios que llamamos historias, yo y mundo.

La percepción pura no conoce duración. Lo que vemos, sentimos o escuchamos ocurre en instantes absolutos, que la mente traduce en movimiento, cambio y causa. Cada instante es eterno, y solo al compararlo con otro nace la ilusión de fluir. Así, el mundo que creemos continuo es un eco de la mente sobre la eternidad que siempre fue.

El yo es ficción. Surge de la memoria y del pensamiento que cosen los instantes para crear coherencia. No hay un centro que percibe; solo percepción. No hay identidad que exista; solo presencia. El «yo» es tiempo pensado como persona, una etiqueta narrativa que desaparece cuando cesa la interpretación mental.

La memoria, el pensamiento y la continuidad son útiles, pero limitados. La memoria recrea el pasado, el pensamiento proyecta el futuro, y la continuidad sostiene la ilusión del yo. Sin ellos, la percepción no pierde valor; solo se revela en su pureza, en su totalidad indivisible. Cada instante es completo, sin necesidad de encadenamiento ni narrativa.

El silencio es la raíz de todo. No es ausencia, sino plenitud. Sostiene la conciencia y todo lo que aparece en ella. Entre dos sonidos, entre dos pensamientos, entre dos latidos, existe un fondo inmutable que permite percibir. Allí cesan la fragmentación, la dualidad y la ilusión de separación. Lo visto y el ver son uno. El tiempo deja de fluir; el yo deja de sostenerse. Solo queda ser, pleno y presente.

Todo lo manifiesto surge del inmanifestado y vuelve a él. Cada forma, pensamiento o fenómeno es un destello de la misma presencia que sostiene todos los instantes. No hay creación ni destrucción, solo modulaciones de lo eterno. Lo que llamamos mundo, yo o tiempo es una danza de la conciencia consigo misma.

El pensamiento refleja la eternidad, pero no la toca. La mente interpreta, nombra, organiza. Solo el silencio y la atención sin intención revelan la realidad tal como es: sin fragmentos, sin narrativas, sin tiempo. La conciencia no posee ni es poseída; simplemente es. Cada instante es perfecto, completo y eterno.

Vivir en presencia significa reconocer la ilusión de continuidad, la ficción del yo y la limitación del pensamiento. Significa habitar la percepción pura, donde cada instante es todo, y cada percepción contiene todo. La mente y la memoria cumplen su papel, pero no son el centro; solo el observador fragmentado los convierte en mundo.

El retorno al silencio no es un acto de renuncia, sino de reconocimiento. Cada instante que percibimos, cada pensamiento que surge, cada memoria que revive, son olas en el océano de la conciencia. La continuidad es un espejismo; el yo, una etiqueta; el tiempo, un eco. Lo que permanece es la presencia: completa, indivisible, inmutable, infinita.

Así, el universo deja de ser un río que arrastra al mundo y al yo. Se revela como presencia pura, donde todo aparece y desaparece en la eternidad del instante. No hay principio ni fin, nacimiento ni muerte, sujeto ni objeto. Solo ser, aquí y ahora, sin límite, sin historia, sin tiempo, perfecto en su plenitud silenciosa.

Aforismos de la Presencia y el Tiempo

  1. El tiempo es ilusión; cada instante es completo y eterno.
  2. La mente encadena percepciones; la conciencia las contiene.
  3. El yo es un relato; la presencia no necesita nombre.
  4. La memoria no guarda; recrea instantes como destellos.
  5. Cada percepción es indivisible; el pasado y futuro solo existen en pensamiento.
  6. La continuidad es un espejismo que sostiene la ficción del yo.
  7. El pensamiento refleja, pero no toca, la eternidad.
  8. El silencio no es ausencia; es plenitud, raíz y fondo de todo ser.
  9. Entre dos latidos, dos pensamientos, dos sonidos, yace lo inmutable.
  10. Lo manifiesto surge del inmanifestado; no hay separación, solo expresión.
  11. El observador y lo observado son uno; la dualidad es invención de la mente.
  12. El yo se disuelve cuando cesa la interpretación; queda percepción pura.
  13. La conciencia no posee ni es poseída; simplemente es.
  14. Cada instante contiene todo; nada necesita encadenarse.
  15. El mundo, el yo y el tiempo son olas en el océano de la presencia.
  16. Liberarse del hilo imaginario del pensamiento revela la plenitud del instante.
  17. No hay principio ni fin, nacimiento ni muerte: solo ser, aquí y ahora.
  18. Todo surge y desaparece en la misma eternidad; lo eterno se refleja en cada destello.
  19. La mente organiza, nombra y relata; el silencio sostiene y revela.
  20. Comprender la ilusión es habitar la realidad: indivisible, inmutable, infinita.

Manual de Bolsillo de la Presencia

  1. Cada instante es completo; el tiempo solo existe en la mente.
  2. La continuidad es ilusión; la presencia es indivisible.
  3. El yo es relato; la conciencia no necesita nombre.
  4. La memoria recrea; no guarda.
  5. El pensamiento refleja la eternidad, pero no la toca.
  6. El silencio no es vacío; es plenitud y raíz de todo ser.
  7. Entre dos latidos, dos pensamientos, dos sonidos, yace lo inmutable.
  8. Lo manifiesto surge del inmanifestado; no hay separación, solo expresión.
  9. El observador y lo observado son uno; la dualidad es invención.
  10. Cada percepción contiene todo; nada necesita encadenarse.
  11. Liberarse del hilo imaginario del pensamiento revela la plenitud del instante.
  12. No hay principio ni fin, nacimiento ni muerte: solo ser, aquí y ahora.

Versión PDF

© 2025, José Lara Ruiz, biólogo.