Javier Gutiérrez Ornelas

La ilusión del libre albedrío
Por Javier Gutiérrez Ornelas 6 de marzo de 2026La no-dualidad no solo cuestiona la separación entre «yo» y «mundo»; también desmantela una de las creencias más arraigadas de la identidad humana: la idea de que existe un «alguien» que decide de manera independiente.
Para la mente, el libre albedrío es sinónimo de dignidad y autonomía. Sin embargo, cuando observamos con honestidad, descubrimos algo desconcertante: las decisiones aparecen antes de que el «yo» reclame haberlas tomado. El pensamiento surge, la intención se forma, el cuerpo actúa… y luego la mente narra la historia diciendo: «Yo lo hice».
La neurociencia contemporánea —como lo ha señalado Robert Sapolsky— sugiere que las decisiones se gestan en procesos cerebrales previos a la conciencia narrativa. De forma similar, Sam Harris cuestiona si realmente existe un «autor» interno o solo una cadena de causas y condiciones desplegándose. Desde otra perspectiva, Ramesh Balsekar afirmaba que la comprensión profunda revela que la vida sucede; no hay un individuo separado dirigiéndola.
Esta idea puede resultar profundamente incómoda. Si no soy el autor absoluto de mis actos, ¿quién soy?
La resistencia surge porque el ego necesita la sensación de control para sostener su identidad. La noción de «yo decido» le otorga continuidad psicológica. Sin embargo, al observar con detenimiento, vemos que cada pensamiento, impulso o emoción aparece espontáneamente. Nadie elige el próximo pensamiento antes de que surja.
¿Por qué tememos esta comprensión?
Primero, por el miedo a la irresponsabilidad. Se interpreta erróneamente que negar el libre albedrío equivale a justificar cualquier conducta. Pero la no-dualidad no elimina la ética; la purifica. Cuando desaparece la ilusión de un «yo» separado, surge una acción más coherente, menos reactiva y más compasiva, porque ya no está centrada en la defensa de una identidad.
Segundo, por la pérdida del mérito personal. El ego disfruta apropiarse de los logros: «yo lo conseguí». Sin embargo, si examinamos cualquier éxito, encontramos una red infinita de causas: genética, educación, cultura, circunstancias, encuentros fortuitos. La comprensión no-dual no desvaloriza el esfuerzo; simplemente lo ubica dentro de un entramado mayor.
Propuestas para integrar esta visión
Observar la aparición del pensamiento: Siéntate unos minutos y espera el próximo pensamiento. ¿Puedes elegir cuál será? Notarás que simplemente aparece. Esta observación directa debilita la creencia en un controlador interno.
Aceptar la acción sin actor: Actúa con compromiso, pero suelta la apropiación. La acción ocurre; el resultado depende de innumerables variables. Esta comprensión armoniza con el principio taoísta del Wu wei: hacer sin forzar, participar sin apropiarse.
Responsabilidad sin culpa psicológica: Aunque no haya un «yo» independiente, las consecuencias siguen existiendo. La madurez no-dual implica responder con claridad, aprender y ajustar conductas, pero sin añadir la carga narrativa de la culpa identitaria.
Comprender la ausencia de libre albedrío no conduce al nihilismo; conduce a la humildad. La vida vive a través de este organismo llamado «Javier», «María» o «Carlos». La acción ocurre, el aprendizaje ocurre, la transformación ocurre.
El personaje puede sentirse desorientado ante esta revelación, pero la presencia que eres no pierde nada. Nunca fue el hacedor; siempre fue el espacio donde todo hacer aparece.
La libertad verdadera no es la capacidad de elegir cualquier cosa; es la comprensión profunda de que ya eres la totalidad en movimiento. Y en esa comprensión, la lucha cesa.