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Javier Gutiérrez Ornelas

La felicidad pintada sobre una pared húmeda

La felicidad pintada sobre una pared húmeda

Por Javier Gutiérrez Ornelas 8 de mayo de 2026

Muchas personas logran sentirse mejor.
Hacen cambios, cuidan su entorno, mejoran hábitos, trabajan sus pensamientos, incluso meditan. Y por momentos, realmente experimentan bienestar.

Pero ese bienestar, en muchos casos, es frágil.
Basta una situación difícil, una emoción intensa o un pensamiento recurrente para que se altere con facilidad.

La pregunta no es si podemos sentirnos bien.
La pregunta es: ¿qué tan profundo está construido ese bienestar?

Quisiera partir de una imagen muy sencilla.

Imagina que en una pared de tu casa comienza a aparecer humedad. La pintura se levanta, se mancha y termina por desprenderse. Decides entonces lijar la superficie y volver a pintar. Por un tiempo, la pared luce bien. Limpia. Renovada.

Pero si dentro del muro hay un tubo de agua fisurado, la humedad volverá.
No importa cuántas veces pintes: el problema no está en la superficie.

Algo muy similar ocurre con la forma en que buscamos bienestar.

Muchas de las estrategias que utilizamos —cambiar pensamientos, distraernos, buscar experiencias agradables o incluso regular emociones— funcionan como esa capa de pintura. Pueden ayudar, y en muchos casos son necesarias. Pero no siempre tocan la raíz.

Cuando el bienestar depende de que todo “afuera” o “adentro” se mantenga en cierto orden, inevitablemente se vuelve vulnerable.

El punto clave no está en eliminar emociones ni en controlar la experiencia, sino en comprender desde dónde estamos viviendo lo que vivimos.

Si creemos que somos únicamente el personaje —nuestra historia, nuestras reacciones, nuestros logros o fracasos—, entonces cada cambio en la vida se vuelve personal.
Aparecen con fuerza los apegos y las aversiones:

  • queremos que lo agradable permanezca
  • rechazamos lo que incomoda
  • intentamos sostener una versión de nosotros mismos

Y en ese movimiento constante, el bienestar nunca descansa del todo.
No porque esté mal lo que sentimos, sino porque la base desde la cual lo interpretamos es inestable.

Cuando no se revisa esa base, cualquier logro emocional puede agrietarse.
No por falta de esfuerzo... sino porque el “tubo” sigue fisurado.

Esto no significa que no debamos cuidar la superficie.
Claro que importa dormir mejor, pensar con mayor claridad, relacionarnos de forma más sana. Todo eso suma.

Pero hay un cambio más profundo que transforma la relación con la experiencia:
comenzar a notar que lo que sentimos, pensamos o vivimos no es lo que somos, sino lo que aparece en nuestra experiencia.

Este no es un concepto filosófico. Es algo que puede observarse directamente:

  • un pensamiento aparece... y cambia
  • una emoción surge... y se transforma
  • una situación llega... y se va

Lo que permanece es la capacidad de notar todo eso.

Cuando esta comprensión comienza a integrarse, el bienestar deja de depender únicamente de que todo esté “bien”.
Hay más espacio. Más estabilidad. Más claridad.

Las emociones siguen existiendo.
La vida sigue moviéndose.
Pero ya no todo se vive como una amenaza a lo que soy.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero profundo: ya no necesitamos estar pintando constantemente la pared para sentir que todo está en orden.

Podemos seguir cuidando la casa...
pero sabiendo que la estabilidad no depende solo de la pintura,
sino de haber atendido la raíz.

© Javier Gutiérrez Ornelas, 2026