
El que quedará en pie cuando el yo muera
Por Javier Gutiérrez Ornelas 2 de octubre de 2026Hace algunos años escribí un artículo en este mismo espacio en el que compartía uno de los poemas que más me han acompañado durante mi camino en la práctica de la atención plena. Desde entonces lo he seguido leyendo una y otra vez, y curiosamente, cada vez parece decirme algo distinto.
No porque el poema haya cambiado, sino porque quien lo lee ya no es exactamente el mismo.
Se trata de "Yo no soy yo", de Juan Ramón Jiménez.
Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
Cuando lo cité por primera vez, mi comprensión estaba profundamente influida por la práctica del mindfulness. En aquellos años dedicaba gran parte de mi trabajo a enseñar a las personas a salir del piloto automático y regresar una y otra vez al momento presente. Veía cómo, al entrenar la atención, disminuía la ansiedad, aparecía una mayor serenidad y muchas personas descubrían que podían relacionarse de otra manera con sus pensamientos y emociones.
Aquella comprensión sigue siendo profundamente valiosa. Sin embargo, con el paso de los años, la contemplación y el estudio de la no-dualidad han ido ampliando mi forma de entender ese poema.
Hoy, cuando leo el primer verso:
"Yo no soy yo."
Ya no lo interpreto únicamente como la diferencia entre el observador y los pensamientos.
Ahora me invita a hacer una pregunta todavía más radical:
¿Quién es realmente ese "yo" que creemos ser?
Vivimos convencidos de que somos un personaje construido por un nombre, una historia, una profesión, unos recuerdos y una personalidad. Esa identidad resulta útil para desenvolvernos en el mundo, pero rara vez nos detenemos a investigar si constituye nuestra verdadera naturaleza.
Cuando permanecemos unos minutos en silencio, descubrimos que los pensamientos aparecen espontáneamente. También las emociones llegan sin haberlas elegido. Las sensaciones del cuerpo cambian constantemente. Incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos se transforma con el paso de los años.
Todo cambia.
Y, sin embargo, hay algo que permanece presente durante toda la experiencia.
No es un objeto que pueda observarse.
No tiene forma.
No tiene edad.
Simplemente está ahí.
Quizá por eso el poeta habla de "ese que va a mi lado sin yo verlo". No porque existan dos personas dentro de nosotros, sino porque solemos vivir tan identificados con el personaje que olvidamos aquello desde donde toda experiencia es conocida.
La no-dualidad no pretende que desaparezca nuestra personalidad. Seguiremos teniendo gustos, preferencias, responsabilidades y una biografía. Lo que cambia no es la vida, sino la identificación con ella.
El personaje continúa.
Pero deja de sentirse el centro del universo.
Hay un verso del poema que siempre me ha conmovido especialmente:
"El que quedará en pie cuando yo muera."
Hace años, en algunas meditaciones, confieso que me dejaba llevar por la emoción y cambiaba mentalmente ese verso por otro:
"El que quedará en pie cuando el yo muera."
Hoy ya no siento la necesidad de modificarlo.
Prefiero dejar que cada lector descubra por sí mismo el profundo misterio que esas palabras encierran.
Porque la poesía, cuando nace de una verdadera intuición, tiene la capacidad de señalar aquello que los conceptos apenas alcanzan a describir.
Quizá esa sea la razón por la que este poema sigue acompañándome tantos años después.
No porque responda la pregunta de quiénes somos. Sino porque, con una extraordinaria belleza, nos invita a dejar de dar por sentado quién creemos ser.