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Colaboraciones - Benjamín Pérez Franco

El buen pastor

¿Debemos estar siempre presentes y atentos al SER?

por Benjamín Pérez Franco 31 de octubre de 2020
Silbido gomero

Si estar presente es ser, siempre estamos presentes. Pero la mente no siempre es consciente de que es consciente, es decir, la persona-mente no siempre tiene puesta su atención en el reconocimiento de que está presente. Pero ¿quién es la persona-mente?, ¡el propio ser tomando la forma de persona-mente!, ¡todo es el ser!, ¡no existen el ser por un lado y la persona por otro! No obstante, la «persona» anhela la unidad, el norte de su brújula es el reconocimiento de no ser diferente del ser. Ese anhelo se traduce en múltiples formas de viaje espiritual que a la persona-mente le parecen adecuadas para verse como el ser.

Si la mente tiene la fantasía de que determinada experiencia le «acercará» más al ser, la buscará con ahínco, aunque para tenerla tenga que recorrer miles de kilómetros, por ejemplo hacia México o La India, o hacia El Vaticano o hacia La Meca… Y sobre todo, si tiene la fantasía de que esa, será una experiencia permanente; es decir, una experiencia que mantendrá, por fin, esa percepción «expansiva» de forma continuada mientras viva como persona, e incluso tras la muerte de ésta.

Sin embargo todo puede ser más sencillo; la experiencia actual, por anodina que pudiera llegar a parecer, no está más lejos del ser que la experiencia extraordinaria que mañana pueda tener en México o en La India o en El Vaticano, y la experiencia de La India o de México, por muy intensa que fuera, allí se queda cuando vuelves. Y, no solo es que en aquel lugar se queda, sino que en aquel momento se queda; los momentos no se repiten, y, por definición, no se mantienen continuadamente.

El mismo amor, que nace del ser, y que «tira» de la persona hacia él, mediante ese viaje lejano en el tiempo y en el espacio, tira también de la persona hacia él, llevándole al aquí y ahora en cualquier sitio y en cualquier momento; antes, durante y después de la peregrinación a México, La India, Madrid, París, o «Tierra Santa», tanto en los barrios elegantes, como en los suburbios, tanto en la ciudad como en el campo.

Y, esto no es ningún óbice para realizar ese viaje lejano ya que cada uno sabe qué experiencias y lugares, le resultan más atractivos profundamente y le hacen sentirse no separado. Solo quiero expresar que quien no «sienta» la necesidad de esa visita a un templo o paraje sagrado, tiene que saber que lo que pueda encontrar mañana y allí, solo estará aquí y ahora.

Y lo mismo que da igual reconocer al único ser allí o aquí, también da igual reconocerlo ayer, ahora o mañana. Si mi presente es darme cuenta de que hace dos horas la mente no estuvo atenta a su fuente (en realidad es al revés) o si mi presente es la «decisión» de seguir en ese reconocimiento durante las dos horas siguientes (también es al revés: la fuente toma esa forma en esos momentos), lo único que importa es que en ese momento mi presente es pensar en mi pasado o mi futuro y que lo que pasó no tiene remedio y que lo que pasará es, por definición, desconocido.

Así que, el gran amor-pastor, va poco a poco recogiendo todo su rebaño sin necesidad de nuestra ayuda. Aunque, a veces, creamos que la oveja va buscando y encuentra al pastor, el encuentro o reconocimiento solo ocurre a través de su silbido, que llega a nuestros oídos para que le localicemos y nos acerquemos a él, estemos donde estemos y en el momento que estemos. No nos angustiemos, pues, por estar haciendo insuficiente esfuerzo de encontrarnos en el ser, por encontrar al pastor y su silbido, ya que éste llega a nuestros oídos continuamente, aunque a veces no le oímos porque lo tenemos identificado con un sonido determinado (un prejuicio o creencia espiritual, unas determinadas costumbres religiosas o espirituales, como «el permanecer continuamente presentes» o buscar la enseñanza de tal o cual maestro o de tal o cual doctrina). Sin embargo ese silbido llega a través de todas las infinitas formas que la vida va tomando (incluidas, pero no exclusivamente, esas creencias espirituales) y la persona lo va siguiendo «al pie de la letra», sin poder evitarlo, pese a que no sea claramente consciente de que ya está perfectamente encaminada hacia el el buen pastor y el resto del rebaño. Basta con confiar en el silbido del pastor, en lo que la vida nos va poniendo por delante.