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Sergi Terol

Desaprender a ser

Por Sergi Terol 15 de mayo de 2026
Sergi Terol

Desaprender a ser es un proceso —o más bien retroceso— vagamente análogo al de aprender a no ser. En este caso, he considerado más pertinente el término «desaprender», ya que es empleado a modo de sorteo de la presunción de rendimiento sobre la noción de aprendizaje. Aquí no hablamos de rendir; hablamos de prescindir.

No ser, o dejar de ser, no puede considerarse un proceso activo. ¿Abandonar es algo que se hace o algo que se deja de hacer? Jamás «no hacer» fue algo tan complejo para el hombre moderno, puesto que todos sus esfuerzos van orientados a la circunscripción de un «yo» y su legado. Dejar de construir resulta más un esfuerzo que un sacrificio.

Diseñando nuestra identidad, aprendemos a vivir en un continuo finito en sí mismo con expectativa de resolución; un resultado que jamás culmina, puesto que una identidad no puede ser aprehendida: es performativa. En cambio, dejar de ser —desaprender— es algo que sí confluye en algo perfecto: el no-ser. Y es, curiosamente, desaprendiendo como más se conoce. Entregándose al no-ser, cada instante es culminatorio, incluso el proceso, puesto que los instantes no son inversiones a ningún plazo.

En torno a este asunto existen varios catalizadores, pero uno deviene fecundador capital: la identidad. El dolor, las neurosis, la frustración y el aislamiento emanan fundamentalmente de la amalgama de ideas adscritas a un nombre y apellido, que uno siente menester alimentar y proteger para seguir siendo referido. «Identidad» es el nombre comercial del ego. El ego es exactamente eso: una masa quimérico-energética que resguarda al hombre del vacío.

Ahí estriba la condición del hombre moderno: el pavor al vacío. Y hasta ese temor resulta superficial pues, fruto de la intrínseca ambigüedad de la vida moderna —que no confronta al hombre con ningún temor prístino, sino a meras fobias—, ese temor no se vuelve hacia la muerte, sino hacia la soledad, el aburrimiento y la ausencia de contenido. El modo de vida moderno concita esa voluntad de entretenimiento, contenido y compañía que convierte la vida en una distracción de la existencia.

A menudo, el vacío es percibido y representado como algo desolador: un escenario de desamparo y ausencia de proyecto. Pero el vacío es pura fertilidad, un campo de revelación a través del silencio del mundo real. Es habitando el vacío cuando uno entiende que no hay «yo». Es habitando el vacío cuando uno se confunde con el mundo y comprende que este no es un escenario, sino parte de uno; ergo, parte de todo y de todos. Es habitando el vacío cuando uno descompone la idea de sí y se vuelve desinteresado hacia el mundo.

Y como he dicho antes, esto no es algo que se ejercite; es una emancipación de las creencias que sostienen mi identidad, mi ego. Es posible transitar la existencia siendo nada. De este modo, esterilizamos el veneno de las cosas que tenían que alimentar esa identidad hambrienta, desconocedora de saciedad.

Desaprender a ser es soltar; dejar de canalizar nuestra conducta al son del proyecto identitario. Dejar de hacerlo. Podemos entendernos en el vacío. No-ser es vivir de la forma más honesta con el mundo y con las personas. La honestidad no es la revelación de la verdad, sino el abrazo indiscriminado a la realidad.

Cuando eres nadie, lo atesoras todo. Todo forma parte omnipotente de ti. No hay una identidad, una personalidad que excluya lo que te es siempre dado por el mundo. Abarcas todo lo real y todo lo real te abarca a ti. Permite la unión; permite el abandono de sí. Abandonarse es encontrarse por la senda más despejada.

© 2026, Sergi Terol