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Cuando dejamos de nombrar el mundo

Cuando dejamos de nombrar el mundo

Por Javier Gutiérrez Ornelas 16 de octubre de 2026

A veces me ocurre algo difícil de explicar con palabras. Por unos instantes dejo de nombrar lo que estoy viendo. No intento comprenderlo, clasificarlo ni juzgarlo. Simplemente permanezco ahí. Los sonidos llegan, las formas aparecen, el cuerpo respira y la vida continúa sucediendo. Y cuando disminuye ese incesante movimiento de la mente que interpreta cada experiencia, aparece una sensación muy profunda de integración con todo lo que me rodea.

Puede suceder contemplando un paisaje, observando un árbol o incluso estando frente a otra persona. Durante unos instantes parece debilitarse esa sensación habitual de que existe un «yo» aquí dentro observando un mundo que está allá afuera.

No desaparezco. Tampoco desaparece aquello que estoy contemplando. Sin embargo, la frontera parece volverse menos rígida.

Solo hay experiencia sucediendo.

Esto me ha llevado muchas veces a preguntarme cuánto de la separación que experimentamos pertenece realmente a la realidad y cuánto es producido por la manera en que nuestra mente la interpreta.

Nuestra mente necesita dividir el mundo para poder funcionar, la mente es dual, de hecho, necesita dividir para funcionar. Necesitamos distinguir una puerta de una pared, nuestro cuerpo de un automóvil que se aproxima o el rostro de una persona del rostro de otra. Nombrar, clasificar, comparar y recordar son capacidades extraordinarias que nos permiten desenvolvernos en el mundo.

El problema no está en pensar, el problema aparece cuando confundimos la representación que nuestra mente construye con la realidad misma.

Cuando observamos un árbol, por ejemplo, la experiencia ocurre antes de que aparezca la palabra «árbol». Hay formas, colores, movimiento, luz. Pero casi inmediatamente la mente reconoce aquello, lo nombra y lo incorpora a todo lo que ya sabe acerca de los árboles.

Algo similar ocurre cuando vemos a otra persona. Rara vez la vemos simplemente.

Aparece su nombre. Nuestra historia con ella. Lo que hizo ayer. Lo que esperamos que haga mañana. Si nos agrada o nos incomoda. Si estamos de acuerdo con ella. En cuestión de segundos dejamos de estar frente a una persona y comenzamos a relacionarnos con una enorme construcción mental acerca de esa persona.

Y hacemos exactamente lo mismo con nosotros mismos.

También llevamos permanentemente una idea acerca de quiénes somos: nuestro nombre, edad, profesión, logros, heridas, defectos, preocupaciones y expectativas. Ese conjunto de recuerdos y conceptos termina formando aquello que llamamos «yo».

Entonces ocurre algo fascinante: una representación mental de «mí» comienza a relacionarse con representaciones mentales de «los otros».

Y el mundo queda dividido.
Yo y tú.
Dentro y fuera.
Lo mío y lo tuyo.
Quien observa y aquello que es observado.

Pero ¿qué ocurre si durante unos instantes suspendemos esa interpretación?

No necesitamos destruir los pensamientos ni alcanzar algún estado extraordinario. Basta con experimentar algo tan sencillo como mirar sin apresurarnos a nombrar.

Escuchar antes de interpretar.
Sentir antes de explicar.
Estar antes de construir una historia acerca de lo que está ocurriendo.

Cuando esto sucede, podemos descubrir algo profundamente revelador: la separación que parecía tan evidente comienza a perder parte de su solidez.

Antes de que la mente diga «árbol», «pájaro», «otra persona» o incluso «yo», ya está ocurriendo la experiencia. Los sonidos, las sensaciones, la respiración, los colores y el movimiento aparecen dentro de un mismo instante, sin las divisiones conceptuales que posteriormente colocamos sobre ellos.

Desde la perspectiva no-dual, esto abre una pregunta todavía más profunda.

Habitualmente hablamos de interconexión. Decimos que todos estamos interconectados, que dependemos unos de otros y que formamos parte de una enorme red de causas y condiciones. Y esto es evidente: el aire que respiramos, el alimento que consumimos, las personas que nos educaron, quienes construyeron nuestra casa o produjeron nuestra ropa forman parte de una red prácticamente infinita que hace posible nuestra existencia.

Pero quizá podamos ir todavía más lejos.

Porque hablar de interconexión supone que existen primero entidades separadas que después establecen conexiones entre ellas.

¿Y si la separación nunca hubiera sido tan absoluta como pensamos?

Nuestro cuerpo ofrece un buen ejemplo. Cada uno de nosotros parece una entidad independiente y, sin embargo, en este mismo momento estamos intercambiando materia y energía con el entorno. Respiramos aire que hace unos instantes estaba fuera de nosotros y expulsamos moléculas que inmediatamente pasan a formar parte del ambiente. El alimento que ayer considerábamos «mundo exterior» hoy forma parte de nuestro cuerpo. Aquello que llamamos «yo» y aquello que llamamos «mundo» están atravesándose constantemente.

¿Dónde termina exactamente uno y comienza el otro?

Tal vez por eso esos breves momentos en los que disminuye la actividad conceptual pueden resultar tan profundamente reveladores. No porque entremos en contacto con una realidad extraordinaria, sino porque durante unos instantes dejamos de cubrir la realidad ordinaria con tantas interpretaciones.

Y entonces aparece una intimidad difícil de describir.

El árbol sigue siendo árbol. La persona que está frente a nosotros continúa siendo ella. Nosotros seguimos respondiendo a nuestro nombre y conservando nuestra personalidad. La no-dualidad no pretende borrar esas diferencias.

Pero debajo de ellas puede intuirse algo más profundo: todo está ocurriendo dentro de un mismo movimiento de la vida.

Quizá por eso, cuando la mente se aquieta, puede aparecer espontáneamente una sensación de cercanía, ternura o incluso compasión hacia aquello que nos rodea. Ya no sentimos con tanta intensidad que estamos defendiendo permanentemente un pequeño territorio llamado «yo» frente al resto del universo.

Por unos instantes dejamos de contemplar la vida desde afuera.
Y nos reconocemos dentro de ella.
O quizá habría que decirlo de otra manera:
nos reconocemos como ella.

Entonces la expresión «todo está interconectado», aunque hermosa, comienza incluso a parecernos insuficiente. Porque para que dos cosas estén interconectadas primero tendrían que existir como realidades completamente separadas.

Tal vez la experiencia contemplativa esté señalando algo todavía más sencillo.
No necesitamos encontrar el camino para volver a unirnos con la vida.
No necesitamos construir un puente entre nosotros y el mundo.
Quizá nunca estuvimos separados.
Solo aprendimos a nombrarnos como si lo estuviéramos.

© Javier Gutiérrez Ornelas, 2026

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