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Vivir con una cebeza

por Douglas Harding

"Se lo suplico, por amor de Dios, piense que es posible que pueda estar equivocado".
Oliver Cromwell

Douglas Harding

Tengo una historia que contar en mi contra. Es una confesión embarazosa —si no vergonzosa— la que tengo que hacer. Sucedió hace poco; esta realización repentina que amenazó con minar las bases fundamentales de la vida y del trabajo que había estado haciendo durante medio siglo. La mayor parte de este tiempo me había dedicado a señalar con mucho gusto, a todo el mundo que quisiera escuchar, su falta de cabeza, en evidencia a la propia experiencia de primera mano que uno mismo tiene, convirtiendo así a unos cuantos a aquella opinión insólita y fuera de lo común.

Yo, por supuesto, tenía que añadir rápidamente que, en lugar de esa falta de cabeza, había una serie de sensaciones —sentidas como asperezas, suavidades, cosquilleos, picores, tensiones y dolores, además de una gran variedad de sonidos, sabores y olores. Y no digamos ya nada del torbellino de pensamientos y sentimientos. Sin embargo, (yo insistía) en el contraste que había entre esa serie de sucesos libres y siempre cambiantes, extendiéndose en el tiempo y que pertenecen a estos hombros, y el modelo ajustado y estable de formas coloreadas, todo embalado en ese espacio encima de esos hombros. Esto no podía ser más sorprendente. Tanto que cogí la costumbre de mirarme en mi espejo para ver lo que parecía no ser. Me preguntaba si había algo en común entre el punto desde donde partía mi observación y lo observado en el espejo.

Por lo tanto llegué a la conclusión de que, sea lo que fuera esto que merodeaba por aquí, en el centro de mi mundo, no era de ninguna manera una cabeza —si esa palabra significa mínimamente algo— estoy en verdad falto de cabeza.

Este autorretrato indica lo que quiero decir cuando digo falto de cabeza.
Sin cabeza

El dibujo pretende mostrar como, cuando intento agarrar mi cabeza perdida, pierdo mis manos también. Desde donde parte la observación no es tanto una cosa sino más bien una anti-cosa o no cosa, un disolvente penetrante y universal, una llama que, mientras ilumina todo lo que tiene a distancia, quema todo lo que se le atreve a acercarse demasiado. Mi propósito, durante este medio siglo pasado, ha sido tender esta llama y extender su luz.

Bien, aquí lo tienes —este es el contexto de la historia que tengo que contar.

Así es como estaban las cosas hasta hace tres meses. Y entonces, por ninguna razón que yo sepa, de repente se me ocurrió que una persona ciega de nacimiento, tocándose una de sus manos y luego su cabeza, tiene muchos motivos para creer tanto en la segunda como en la primera historia.

Por favor comprueba ahora esto por ti mismo. Vuélvete ciego (es decir, cierra tus ojos), toca tu mano izquierda con tu mano derecha, luego tu brazo izquierdo, tu hombro, tu nuca y por último tu cabeza —por atrás, por los lados, por delante, por todas partes. Con la evidencia presente, ¿no es tan convincente tu cabeza como lo es tu mano? Una cabeza, que además, está firmemente atada a tu tronco, así como tu mano lo está a tu brazo.

Admitámoslo ahora; una verdad fundamental que no es verdad para una persona ciega no es una verdad fundamental en absoluto. No merece la pena que sea tomada en serio. Sin duda alguna no hay ningún fundamento sobre el cual llevar una vida basada en ello.

Así que me encontré cuestionándome algunas de estas difíciles preguntas. ¿Qué pasaría si durante todos estos años de dedicado esfuerzo yo hubiera estado equivocado? O peor aún, ¿había suprimido más o menos inconscientemente pruebas vitales, escribiendo libros en favor de una preciosa teoría, por no decir una obsesión? ¿Podría ser eso —más oculto quizás para mí que para los demás— mi estratagema para anular mis sentimientos de inferioridad y poder así conseguir atención a toda costa? Para alzarme de cabeza y de hombros sobre las masas, ¿había estado pretendiendo una falta de cabeza y de hombros? ¿No era eso irónico?

Te digo que estaba estupefacto. No abatido pero si estremecido.

El shock fue en cierta manera amortiguado por tres consideraciones. La primera era que, muchas veces en mi vida, un serio revés o un desastre inminente ha dado como resultado algo nuevo y maravilloso, una valiosa realización, una oportunidad para nuevos horizontes. El límite del hombre, como dicen, ha menudo ha resultado ser la oportunidad de Dios, la cual era mi esperanza de que la historia se repetiría amablemente todavía una vez más. La segunda consideración consistía en que, durante muchos años, la experiencia y la práctica del descabezamiento o decapitación ha causado una diferencia profunda, para mejor, en muchas vidas no menos que en la mía propia. Lo que funciona tan bien, durante tanto tiempo y para tantos, es improbable que sea la tontería o la mentira que puede parecer ser. La tercera consideración era (o más bien es) que ahora mismo, cuando estoy escribiendo sobre esta de hoja de papel A4, no puedo encontrar nada, aquí sobre mis hombros, que obstaculice la visión de esas palabras, absolutamente nada en su camino. Todo lo que veo me decapita.

De todas maneras, aquí había un auténtico desafío, un vacío, una importante pieza perdida del rompecabezas de mi vida y de mi obra. Claramente tenía una obligación para conmigo mismo y los demás, encontrar si podía, la pieza perdida y hacerla conocer— más vale tarde que nunca.

Obviamente mi primera tarea era investigar, otra vez más, qué es exactamente lo que estoy tocando aquí, en el lugar desde donde parte mi observación. Decidí examinar, más cuidadosamente que nunca, este mi hogar-base, y echando mano de mis sentidos, confiar de nuevo en lo que pudieran revelar sobre lo claramente dado. Esto suponía abandonar mis convicciones más preciadas sobre el descabezamiento o la decapitación y todo lo demás, y empezar de nuevo, ayudado por cualesquiera nuevos experimentos que parecieran prometedores.

En seguida una serie de hechos indudables salió a luz. Sí; después de todo, tengo algo aquí encima de mis hombros, un tupé o un florón, aunque el único nombre apropiado para tal cosa es una cabeza de alguna clase. ¿De qué clase? Bueno, es la cabeza (amueblada con todas las protuberancias normales, huecos y aperturas) de una criatura viva. Y no sólo de cualquier criatura viva sino la de un humano, y no la de cualquier humano, sino la de uno en especial: todo tipo de peculiaridades la identifican como la cabeza de Douglas Harding. Y es de una pieza con el resto de su cuerpo. Aunque se me manifiesta tras sus propias condiciones y formas, es tan real como cualquier otra parte de mi cuerpo. Y aunque para mí la cabeza desde la que miro es tan transparente como una ventana, también sucede que en este momento es tan sólida y tan verdadera como el cristal de aquella. Negar esto sería descender al nivel intelectual de un moscardón que se abalanza una y otra vez sobre el cristal.

"Todo bastante obvio y normal", puedo oírte comentar secamente, "y sorprendentemente no sólo para a los adictos sin cabeza." Así es —hasta aquí. Pero aquí es donde las anormalidades y sorpresas aparecen, surgen una serie de hechos totalmente sorprendentes sobre esta verdadera cabeza mía, y que sumamente difieren del resto de todas las otras cabezas con las que me he cruzado: incluyendo, por supuesto, la cabeza en mi espejo.

Para empezar me dí cuenta de que, aunque si bien aquellas cabezas de allá estaban unidas a un cuerpo, ese cuerpo estaba del revés. Esto quiere decir que exactamente bajo el nivel de mis hombros YO ME PLIEGO, igual que esta página que estás leyendo se pliega con la página opuesta. Me encuentro doblado hasta el punto límite.

¿Es esto mismo cierto para tí? Por favor asegúrate de que levantas tu antebrazo como se muestra en el dibujo de abajo, bájalo lentamente desde (a) lo alto de la escena, donde el cielo (o el techo si estás en casa) desaparece gradualmente hacia abajo. Fíjate cómo el resto de tu cuerpo, en contraste con ese diminuto hombre allá a lo lejos, está del revés. Sus pies —al igual que los pies de la persona en tu espejo— están debajo de él, mientras que los tuyos están en lo alto.

(a) Aquí la escena se esfuma hacia arriba
Levantar el antebrazo
(b) Aquí la escena se esfuma hacia abajo

Pero tu cabeza está en la misma posición que la suya. No está boca abajo. Por favor verifica si esto es así repitiendo el experimento con tu antebrazo, manteniéndolo más cerca, así que tu dedo índice roce al pasar por tu verdadero y enorme perfil —tu frente en (a), luego tu nariz y barbilla, y por último tu cuello en (b).

Tener una cabeza tan clara como el cristal, una cabeza que se pliega con su cuerpo y que además tiene espacio para el mundo es en verdad maravilloso. Porque de hecho, esta verdadera cabeza mía, aunque se destaca de modo palpable por sus características meramente humanas y personales, tales como el pelo, la frente, las cejas, nariz, boca, etc., es también tan grande y vasta como lo son el cielo y la tierra. Ofrece el cosmos por sí misma. Entre tus orejas veo una peinado, entre las mías un peinado y ¡la clara luz de la mañana! Qué milagro es tener una cabeza aquí, esta conjuncción tan íntima de lo cósmico, lo humano, lo personal, y de lo impersonal como pueda ser el cristal, ¡y en el mismo lugar donde yo insistía tener una falta de cabeza!

No te estoy pidiendo que me creas sino que compruebes si tú también estás construido con este mismo grandioso y asombroso diseño. Puedes hacerlo ahora mismo, si quieres- con tu dedo índice puedes ir perfilando tu cabeza, tocando sucesivamente tu pelo, oreja, mejilla y barbilla todo alrededor y regresando de nuevo a donde empezaste. Si estás haciendo este experimento (o debería decir, ¿haciendo este tour por el mundo?) al aire libre, tanto mejor. En cualquier caso fíjate como tu verdadera cabeza, mientras la perfilabas con tu dedo, es aún más grande que la escena. Se acomoda con facilidad a lo que se expone en ella, tanto si se trata de un cielo lleno de estrellas, o el sueño con el que estas soñando, o la habitación en la cual ahora te sientas, o las hojas de té en tu taza. Y todo esto sin dejar de ser humano e individuo según venga.

Para rematar el asunto y que quede toda duda fuera de lugar, date cuenta que no es sólo tu cabeza sino la parte superior de tu cuerpo la que es tan magníficamente espaciosa. Junto con aquellas diminutas cabezas de allá van esos pequeños brazos, junto con tu inmensa cabeza de aquí van estos enormes brazos. Aquí tienes un modo de comprobarlo. Mientras miras hacia adelante extiende tus brazos a lo ancho, hasta que casi desaparezcan de la vista. En realidad al hacer esto, verás que tus brazos están abrazando el mundo y que tu cabeza acoge y asume lo dado.

¡Qué falsa modestia es negar estos indiscutibles y alentadores hechos! ¡Qué disparate es este gran engaño del hombre, esta humillante y en verdad automutilante convicción de que él cree ser como los demás le ven! Es como si el Atlántico se persuadiera a sí mismo de que él es el charco que parecería ser si fuera visto desde la Luna, o si se viera más allá de esta parecería ser una simple gotita, ¡no sería ni profundo, ni vasto, ni húmedo, ni estaría azotado por el viento!

En realidad no se acaban las diferencias entre la cabeza de aquí y la cabeza de allá —ya sea que esté en mi espejo, o sobre los hombros de otras personas, o en sus cámaras. Diferencias es una palabra demasiado suave. Discrepancias patentes da más en el clavo. Lo que hace que el continuo descubrimiento y redescubrimiento de estas discrepancias sea tan crucial, es nuestra fatal determinación, desde la niñez en adelante, en identificarnos con esa aparente y periférica cabeza. Desindentificarnos trae como resultado la visión de nuestra cabeza central y verdadera. En una palabra, nuestra tan arraigada y equivocada creencia de tener una cabeza desaparece.

Veamos, brevemente, una muestra de siete de estas discrepancias, estos casos de errónea creencia de tener cabeza. Si, como yo, ya te has dado cuenta antes, echa un nuevo vistazo, y descubre que aquí cada vez es la primera vez.

  1. Esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, está constantemente y sin esfuerzo aniquilando y destruyendo un montón de cosas —puede ser una constelación, una cadena montañosa de cumbres, un grupo de árboles o una hilera de casas adosadas, puede ser el mueble en una esquina de la habitación en la que estás sentado —y las puede ir sustituyendo a la vez por otro grupo de cosas. A voluntad transmuta cualquier cosa en otra. Sin embargo, la cabeza que tomamos por verdadera ni siquiera puede transmutarse a sí misma. Simplemente gira a la derecha o la izquierda, ¡pobrecita!
  2. Esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, decora y redecora el mundo, lo pinta repentinamente de color rosa, azul, gris, prácticamente cualquier color, a voluntad. Pero la cabeza que tomamos por verdadera solamente decora y pinta sus globos oculares con discos de cristal coloreado, ¡la pobre!
  3. Esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, puebla el universo con extraordinarios personajes, algunos divertidísimos, algunos admirables, muchos así así , y unos pocos bastantes horribles. Esto trae consigo monstruos y maravillas de todo tipo, metidas en toda clase de acontecimientos singulares, coincidiendo en el escenario. Sin embargo, esa cabeza que asumimos por verdadera, simplemente se coloca a sí misma delante de una hoja de papel cubierta de letras y marcas negras, jugueteando y mirándolas fijamente durante horas seguidas. O laboriosamente cubre con palabras y marcas negras similares montañas de papel blanco como la nieve.
  4. Esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, cambia el modo de ser del mundo de triste a feliz y de feliz a triste, de tempestuoso a calmado y viceversa, cambia más o menos de un humor a otro. Esta cabeza que asumimos por verdadera simplemente introduce sustancias extrañas —estimulantes, sedantes, pastillas para dar energía, lo que sea que tenga cerca de la ranura dentada cerca de su base— o dobla hacia arriba y hacia abajo los márgenes curvados de esa rendija o ranura, o produce sonidos piadosos desde esa abertura. Raramente, debo apuntar, con total éxito.
    Cabeza feliz y triste
    La leyenda del Grial, con su historia de exhibición de objetos sagrados en la Tierra Yerma, es algo muy a señalar aquí. Estos objetos incluyen una cabeza cortada. Si el caballero que presencia la exhibición no está interesado lo suficiente en hacer preguntas sobre esta cabeza, la Tierra Yerma sigue baldía y su herido Rey continúa estándolo. Para mí la lección es clara. Examina a fondo el significado y la verdad de esta cabeza central y estate seguro de que esta investigación, aparentemente tan secreta e inútil, tiene repercusiones universales. Mi verdadera cabeza no sólo contiene el mundo, sino que realmente determina su estado de salud. Lo que veo depende de lo que soy.
  5. Esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, está todo el tiempo moviendo montañas, colinas, casas, árboles, todo lo habido y por haber, moviéndolos de un lado a otro sin esfuerzo. No me creas. Compruébalo por tí mismo. Ejercitando esta milagrosa facultad de telequinesia cósmica, puedes aumentar o reducir la distancia entre la casa de enfrente y el árbol en su jardín, o mover esa silla más cerca o más lejos de la puerta. Y así sucesivamente. Mientras que esa cabeza que tomamos por verdadera, se mece de un lado a otro, sólo ella se mueve.
  6. Lo más impresionante de todo esto y a la vez ignorado, es que esta verdadera cabeza, que erróneamente tachamos de irreal, crea y destruye el mundo con regularidad. Mientras que esa cabeza que tomamos por verdadera simplemente mueve hacia arriba y hacia abajo el flequillo que cuelga de su superficie. En cuanto a la pobre pequeña cabeza en mi espejo, ¿por qué ni siquiera puede hacer eso?
  7. Por extraño que parezca, el ejercicio de los seis poderes ya mencionados anteriormente —y que por cierto no son nada desdeñables— deja a la verdadera cabeza de uno en cualquier cosa excepto engreída en el sentido peroyativo del término. Podría decirse que es la cima de la modestia y la discreción, más humilde que la misma humildad. ¿Por qué es así? Porque se está aboliendo continuamente a sí misma, desapareciendo sin dejar rastro en favor de otras cabezas. Su función propiamente dicha, su naturaleza es dejar paso y dar cabida a todos sus contendientes, por muy penosos o tristes que puedan ser. Esencialmente modesta, mi verdadera cara original no tiene cara, mi verdadero rostro no tiene cabeza. A la inversa, esa cabeza adquirida que equivocadamente tomamos como verdadera no es otra cosa que cabezona, y manifiestamente cercana a todos sus contendientes. Su función propiamente dicha es insistir en sí misma. No deja sitio para nada más.

Para el objetivo de nuestra investigación esta séptima discrepancia es la crucial. Es hora de hacer balance.

En cierto modo tengo que admitir que esta falta de cabeza es precisamente lo que no soy, y que no he podido estar más equivocado en promover este descabezamiento o decapitación durante el medio siglo pasado. Firmemente asentada en la más anchas de las espaldas, más grande que la vida y el doble de natural, está mi única y indispensable cabeza viviente, mi propia cabeza personal, humana y superhumana.

Pero si lo miro desde otro punto vista más verdadero, veo no estaba equivocado después de todo, y que cada momento de esa larga dedicación al descabezamiento, decapitación o a la visión de esta falta de cabeza fue un tiempo bien empleado. Practicando el último y sin duda el más maravilloso de los poderes antes mencionado, podemos decir sinceramente que esta cabeza de aquí está verdaderamente falta de cabeza. Su gloria y poder culminante consiste en entregar todo su poder y gloria, se vacía de sí misma sin dejar residuo alguno, esto es precisamente de lo que el mundo tiene gran necesidad. El hermoso rostro de Elena de Troya, dicen que fue la causa por la que un millar de barcos fueron lanzados a la guerra. Mi rostro, cuando lo suelto, lanza un millar de mundos.

Así que resulta que ninguno de estos descubrimientos, sobre mi verdadera súper cabeza, ha cambiado en lo más mínimo mi larga experiencia en el descabezamiento o decapitación, o la ha invalidado por un instante. Muy al contrario, confirman, enriquecen y avivan esa experiencia, que ahora puedo describir como una decapitación que nace incesantemente de ese espacio donde parece haber un lleno de cabeza. Ningún peligro hay ahora de que este vacío central sea interpretado como una muerte o un simple vacío deprimente y triste, una nada, una ausencia estática. Es más bien un verbo antes que un nombre, una ausencia siempre renovada. Al fin y al cabo todo cobra sentido: sólo lo que está lleno puede vaciarse de sí, sólo lo que vive puede dar su vida para que así los otros puedan vivir.

La mayor parte de todo esto tiene para mí un toque familiar, y puede que para ti también. Lo que siempre es nuevo, a lo que nunca me acostumbraré es al ineludible hecho de que este maravilloso moño de cuatro pisos es mío. ¡Por eso es por lo que me pongo mi sombrero de Panamá! ¡Esta maravilla no es otra que la cabeza que me lavo con champú!

¿Y qué pasa con aquella persona ciega cuya mano y cabeza parecían amenazar todo el trabajo de mi vida?

Nuestros descubrimientos eliminan aquella amenaza. Es cierto que algunas realizaciones y poderes que he enumerado —y obviamente esto incluye el plegado de la parte visible del cuerpo de uno con la parte tangible— no están a su disposición. Sin embargo una gran parte de ellas si lo están, y aún hay otras más. El asunto o la cosa en cuestión (o más bien, la no-cosa o nada) la puede ver claramente —y no hay otra forma de verla— es el ser ilimitado que realmente es. Y eso es por lo que, durante todo este tiempo, no he tenido más dificultad en compartir esta visión con una persona ciega que con una persona que pueda ver.

Para mi sospecha —expresada al comienzo de este ensayo— la amenaza del hombre ciego ocultaba una promesa, esa promesa ha sido satisfecha más generosamente de lo que había imaginado posible. Una vez más nuestro querido Señor ha aprovechado la necesidad de este hombre como una oportunidad para colmarle de bendiciones, bendiciones sobrehumanas, humanas, personales, subpersonales —sub todo. Bendiciones que fluyen de su cabeza, por supuesto— ¿de dónde si no? —de acuerdo con la tradición.

Sería extraño si la buena nueva hubiera pasado inadvertida, si los sabios y visionarios, cuya principal tarea durante tres milenios ha sido el conocimiento radical de sí mismos, no hubieran caído nunca en la cuenta. Por supuesto que se dieron cuenta, aunque la buena nueva estaba escasamente dispersa, sin embargo estaba extensamente presente en las grandes tradiciones espirituales, a menudo expresada de una manera indirecta, pero lo suficientemente sencilla y directa en cuanto uno sabe lo que buscar.

A Jelaluddin Rumi se le podría llamar el Apóstol del descabezamiento o decapitación, y efectivamente así es, ya que entre las extensas y prolíficas declaraciones del más grande de los Sufis encontré la siguiente:

"Tienes dos cabezas. La cabeza de barro que procede de la tierra, y la cabeza pura que procede del cielo. La cabeza derivada de la tierra es evidente, la cabeza original está oculta."

Mi tarea es perder mi cabeza, la de mi Rey es darme una nueva.

O pongamos el caso de Plotino, el filósofo neoplatónico del siglo III:

"Regresamos al verdadero Ser, todo lo que tenemos y somos. A Esto retornamos ya que de Esto venimos... Cuando miramos hacia el exterior de Esto sobre lo cual dependemos, ignoramos nuestra unidad. Mirando hacia afuera vemos muchos rostros, mirando hacia dentro todo es la Cabeza única. Si a un hombre se le pudiera dar la vuelta —por su propio movimiento o por la feliz llamada de Atenea— vería inmediatamente a dios, a él mismo, y al Todo".

Según el budismo Zen estoy iluminado cuando veo y vivo conscientemente desde mi "Rostro Original". Las implicaciones son tres. La primera, es que tengo una Cabeza Original, ya que una cara sin una cabeza no es más real que la sonrisa de un gato Cheshire sin un gato Cheshire. La segunda, es que también tengo una cabeza y un rostro adquirido, ya que para una cabeza y un rostro original sin uno adquirido con el que contrastarse a sí mismo es algo poco apropiado. Y la tercera, es que superponer esa cabeza y rostro adquiridos, que están allí en mi espejo, sobre mi rostro original de aquí es algo insano y oscuro, por no decir simplemente ridículo. Para concluir diré que lo que el hombre realizado del Zen vive, es lo mismo que lo que el hombre Sufí vive. Y no es otra cosa sino de la que hemos estado llamando aquí nuestra real, verdadera y bendita cabeza.

¿No es también esto lo que el Cristiano realizado vive cuando, al igual que San Pablo, experimenta a Cristo como "la cabeza del cuerpo"? o quizás de una manera similar, al igual que San Agustín, ¿no habla misteriosamente de "el cuerpo de Cristo que es la cabeza del hombre" ? Desde luego ningún santo está refiriéndose al Jesús histórico que vivió, nació y murió hace mucho tiempo en una tierra lejana, sino al Cristo eterno y cósmico que desde el principio era Dios y uno con Dios, y por el cual todas las cosas son creadas y sostenidas. El Cristo en mí que es más yo que yo mismo, el hombre divino, el hombre nuevo, la Palabra por siempre hecha carne, por siempre dicha. Dicha (adviértase) con una voz que es a la vez divina, humana y personal —tan carnal que, aunque yo hablo por El y desde El, debo hacerlo en tonos y acentos que son inmediatamente reconocibles como los de Douglas Harding de por sí. Incluso su "Hola" en el teléfono, oído por última vez hace años, no es como ningún otro hola. ¡Hay una personalidad para tí!

Cada criatura es una encarnación divina única. Hace tiempo que he sentido que aquí, en el misterio de la Palabra hecha carne, Lo último llega a ser para siempre Lo Intimo —magníficamente ilustrado en la historia navideña de el pesebre y la estrella— la llave maestra para la verdadera religión, para la curación profunda, y para la alegría permanente. He estado seguro de ello, sin tener del todo claro el modo de su funcionamiento. Pero ahora, llegado bajo la improbable apariencia de un desafío para la misión de mi vida, lo que debería haber sido obvio desde el comienzo se revela a si mismo. Aunque el misterio y la maravilla de esta encarnación permanezcan más y no menos misteriosos y maravillosos, una luz brillante desvela en realidad como opera en mi propio caso, y por extensión en el de todos los demás. Es un perfecto y extraordinario descenso de cuatro niveles, que está ocurriendo en el lugar donde imaginaba tener una cabeza funcionando a un nivel único y ordinario, haciendo su función como tal.

¿Dónde acaba este descenso divino?, ¿dónde toca fondo exactamente? Para dar una respuesta vayamos al primero de nuestros descubrimientos, aquel en el que descubrimos nuestra inmensa y verdadera cabeza doblándose hasta el punto límite con nuestro diminuto cuerpo del revés. Este descenso divino se completa bajo estos brazos extendidos que abrazan el mundo, en la región del corazón. No —repito, no— en la fría región de la cabeza sino en la cálida región del corazón. Y corazón quebrado además. Nada menos que esa extremidad de vaciamiento y auto travesura donde me doblo y me rompo, completando así el círculo, uniendo la Nada con el Todo, el cual es su otro aspecto. Gracias a Dios que no hay nada indefinido o vacío en este el nivel más bajo, el más bajo pero el más impresionante de los lugares.

Verdadera cabeza

Para precisar aún más: en realidad, es el punto que naturalmente señalo cuando así me lo indico. Es el punto más bajo donde la exhalación termina y la inhalación comienza, y donde la encarnación llega a ser excarnación. En el lenguaje de Paulino, es el lugar donde estoy crucificado y resucitado con Cristo.

Aquí, por fin, está el verdadero Sagrado Corazón, el corazón quebrado que cura todos lo sufrimientos. Advirtiendo también, para esos cuyos corazones están todavía intactos: en particular para cualquier persona que imagina que "perder la cabeza de uno" es bastante, muchísimas gracias. Digo que, hasta que no se produzca la pérdida de la cabeza de uno, que tiene como resultado el descubrimiento del corazón- un corazón tan tierno que es mortalmente herido por el espantoso sufrimiento del mundo —hasta entonces, uno está lejos de alcanzar la meta donde es el amor el que transmuta todo sufrimiento.

Y aquí hay un pequeño fallo, tan fácil de saltárselo por alto como lo puede ser el errar en el centro de una diana, algo que puede ser peor que desviarse de un objetivo que está a un milla de distancia.

No, el descabezamiento o la decapitación no es suficiente, por la simple razón de que puede, por sí mismo, ser totalmente sin amor. Tengo algunas pruebas en la vida de otros, y de sobra en la mía, esto es solemne hecho.

Finalmente, por vía del sumario y la conclusión, me gustaría examinar un poco más minuciosamente lo que equivale decir "tener una cabeza aquí"

  1. Esta verdadera cabeza mía es divina. No puedo encontrar ningún otro adjetivo que haga justicia a su infinidad, a su claridad pura y sin mancha, a su vacuidad en una dirección y a su plenitud y su totalidad en la dirección contraria, su capacidad no es solamente poner en movimiento y transformar el mundo en su totalidad y detalle sino hacerlo y deshacerlo a voluntad —y todo ello haciéndolo completamente consciente de sí misma. Ahora bien, arrogarse de todos o de alguno de estos poderes por mí mismo como un ser humano, y además como un ser humano en particular, sería tan ridículo como engreído. En mi funcionamiento esencial soy divino, tanto si lo admito como si no. Es a propósito, por así decirlo, según en la forma en particular en que se lleve ese funcionamiento, que soy humano y un humano en particular.

    Esto no quiere decir que mi verdadera cabeza sea en parte divina, en parte humana, en parte personal y en parte ausente o alguna mezcla explosiva de los cuatro ingredientes. No, a su propio nivel la divinidad es absoluta y en ningún caso esta velada o disminuida por su descenso a la humanidad, a la personalidad o a la nada. Sólo mi incontaminada deidad es capaz de esas funciones primarias las cuales hemos probado, y las cuales falsamente había atribuido a mi hombría o bien las había pasado completamente por alto. Ni siquiera la cabeza más turbia o confusa anda escasa de la proeza divina. Carecer de divinidad es carecer de ser.
  2. Esta verdadera cabeza mía es humana: de hecho, humano-animal. Increíblemente, todas esta funciones divinas están en un contenedor que, aunque es infinitamente espacioso, se revela al tacto como humano-animal más allá de toda duda. Así lo demuestra este pelo, estas orejas lobuladas, estas mejillas lampiñas, y estos peculiares ojos ovalados, nariz y boca, aunque distinguibles de los de un gorila o chimpacé, claramente pertenecen al mismo género. Ellos son símios, distintos de los felinos, caninos etc. ¡Nunca estuvo el contenedor tan eclipsado por sus contenidos! Y, por supuesto, junto con la forma animal van incontables funciones animales tales como la respiración y la alimentación, y junto con la forma humana van incontables funciones humanas —todos estos modelos de sentir, pensar y comportarse que caracterizan al Homo sapiens. Sin embargo, no puedo encontrar ninguna evidencia de que mi conciencia de mi divina naturaleza disminuya mi naturaleza humana-animal. Más bien al contrario. Encajan perfectamente. La Divinidad no se encarna tímidamente o sin entusiasmo. No llama a nada vulgar o impuro. No es esnob.
  3. Esta verdadera cabeza mía es personal y única. Si toco mis manos detecto en su superficie toda clase de peculiaridades —zonas en la que la piel es áspera, arrugas, prominencias y huecos que sólo pertenecen a Douglas Harding. Aquí hay un sistema inimaginablemente complicado de marcas que no puede ser despreciado —una codificación de datos, por así decirlo— que le distingue de todos los humanos que hay , hubo o habrá. Así como lo divino permanece como divino y lo humano permanece como humano, así lo individual permanece como tal, a pesar de su más íntima implicación con otros niveles. Corrección: no a pesar de esa participación sino debido a ella. La unión de nuestra personalidad única con la humana en general y el sobrevenir divino no entraña ningún peligro de despersonalización. Por el contrario, hasta que el humano no se ancle al divino suprahumano, y lo individual al divino suprapersonal, no serán aún ellos mismos. Por una parte, puede que hayas notado que esa gente que son excesivamente personales, insistiendo en su única individualidad e idiosincrasias, están inseguras de sí mismas, con tendencia a ser servilmente imitativos, y de hecho ni mucho menos personales. En cambio, aquellos que ven que en su naturaleza divina son ellos mismos, son la gente con menos probabilidad de parecerse el uno al otro en su naturaleza humana y su expresión individual. Son imprevisibles e inconformistas sin ninguna intención de ser así.
  4. Esta verdadera cabeza mía, como espacio que es para otras cabeza, es carente de cabeza —un hecho que se debe exclusivamente a su divinidad. Sólo lo Más Alto es lo suficientemente humilde para llegar hasta lo más bajo. En mi capacidad humana e individual lo que más me horroriza es desaparecer en favor de los demás. En mi capacidad divina es de lo que más disfruto. Dios es amor, el amor que muere por el mundo, y cuando amo realmente lo hago como El es con Su amor como amo.

Resumiendo, sí, y mil veces sí —tengo una cabeza. Pero Dios Todopoderoso, ¡qué cabeza!