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"Sobre ser consciente"

por Douglas Harding
Douglas Harding

Conciencia es lo que la vida es por todas partes. Al menos, es lo que me gustaría que fuera mi vida. Y, al final de la misma, quiero ser capaz de decir, honestamente, que fui consciente —es decir, que estuve despierto y atento a lo que ocurre, no soñando o con el cartel de "cerrado para comer".

No quiero decir consciente todo el tiempo por supuesto, sino a menudo; cada vez más, y con lo mejor de mi capacidad. Naturalmente me gusta tener sensaciones agradables, gozar de las experiencias cumbre cuando vienen, quizás incluso elevarme dentro de los reinos místicos. Pero cuando estas experiencias no incluyen experimentar quién está recibiendo tales bondades, entonces son una suerte de lapso dentro de la inconsciencia y (en el mejor de los casos) unas agradables vacaciones del asunto principal de mi vida —a saber, ser realmente consciente. Lo cual significa auto-consciente, y finalmente Auto-consciente.

Tales fueron mis primeras reflexiones al oír hablar de AWARE (conciencia) [el nombre de la revista en la que se publicó originalmente este artículo]. Me recordaba a aquellos pájaros parlanchines en la novela La Isla de Aldous Huxley, que sorprendían a las personas que paseaban por el bosque gritando constantemente la palabra "¡Atención!", influidos seguramente por el budismo. Y en verdad el mensaje que lanzaban es un elemento esencial de dicha religión.

La atención plena, vigilancia, o conciencia constituye el corazón del budismo. No sólo es el sendero que conduce a la iluminación, sino que es la iluminación misma —ese estado que podría ser descrito como plena conciencia.

¿Pero conciencia de qué exactamente?

Obviamente no de cualquier cosa. El objeto o contenido de la conciencia es tan importante como su intensidad o permanencia. ¿Qué monje de túnica amarilla podría estar más atento (o menos distraído) que el tordo que, en este momento, intenta extraer un gusano del césped? ¿Qué hombre santo podría estar tan concentrado como el niño pequeño jugando con su pelota en el jardín? La concentración que evidencian el pájaro y el niño sobre lo que está sucediendo es casi total —al menor mientras dura.

Sin embargo, si bien es cierto que ninguno de ambos está iluminado, no lo es menos que también son muy diferentes de las personas adultas, en el sentido de que nosotros pasamos la mayor parte del tiempo sumidos en la distracción. Por otra parte, ni el pájaro ni el niño son conscientes de sí mismos, ni siquiera de la manera limitada en que solemos ser conscientes de nosotros mismos (El pájaro pasa por alto su presencia, mientras que el sabio percibe su ausencia y, tal como explicamos a continuación, no cabe duda de que sus vidas son muy distintas). Ciertamente, ni el pájaro ni el niño son dignos de ser imitados, aunque sepamos cómo hacerlo.

Pero eso es anticiparse. Procedamos pues, paso a paso definiendo con mayor precisión las tres etapas en el desarrollo de la conciencia, etapas que son tan aplicables a la evolución del conjunto de la humanidad como a la de cada individuo concreto y que, sólo por mera conveniencia, denominarnos: (1) la conciencia primitiva (infrahumana), (2) la (falta de) conciencia humana y (3) la conciencia iluminada (sobrehumana).

La conciencia primitiva (infrahumana)

A los ejemplos del tordo con el gusano y del bebé con la pelota, podemos añadir al gusano mismo (antes de su encuentro fatal con el tordo), olfateando y arrastrando de manera persistente una hoja caída hacia su agujero. (Sin embargo, conseguir lo que pretende con un cuerpo como el suyo es todo un milagro de habilidad y atención. ¡Cualquiera de nosotros tendría que utilizar para ello ambas manos!) ¿Y qué decir de las células del sistema nervioso de esa hábil criatura (todas ellas colaborando inconscientemente con el gusano en la misma delicada tarea de cosechar hojas) y que deben atender además, a su propio trabajo celular de vigilar los mensajes neuronales entrantes y de transmitirlos a la instancia correcta?

De hecho, podemos ir más allá incluso y sugerir que la historia interna de cada una de las células del gusano y, de cada molécula de que constan dichas células — y así sucesivamente hasta arribar a las últimas unidades o bloques constitutivos del mundo "físico"— no son sino conciencia, esto es, conciencia de sus semejantes y de su mundo. ¿Cómo explicar, si no, la precisión, la oportunidad y la adecuación de sus respuestas? Cada "partícula" conoce cuál es su trabajo a la perfección y lo lleva a cabo de manera magistral, es decir, acoge (adviértase la expresión) y se ajusta de manera precisa a la masa, la posición y el movimiento del resto de las partículas en toda circunstancia.

¡Ahora bien, nosotros somos conscientes! Ningún electrón, átomo molécula, célula, pájaro, animal puede colgar el cartel de "cerrado para almorzar" o es acusado de conducir (volar, nadar, reptar o cualquiera sea su medio favorito de locomoción) sin el debido "cuidado y atención". Pero mi mensaje no se dirige a esa abrumadora mayoría de pobladores del universo —seres meticulosos y eficaces que no lo necesitan—, sino que somos nosotros, los delincuentes cósmicos y los cerebros dispersos, quienes más desesperadamente necesitamos esa clase de mensaje. Somos las únicas criaturas distraídas que existen en el universo conocido.

La (falta de) conciencia humana

Pero analicemos ahora, de manera mas detenida, qué nos sucede durante la segunda etapa:

Supongamos que me gusta observar a los pájaros y que, sintiéndome fascinado por las maniobras del pequeño tordo, me propongo contabilizar el número de lombrices que es capaz de recolectar en una hora.

Aunque me siento intrigado e incluso horrorizado, constato que, después de unos pocos minutos de atención a esa criatura glotona y pertinaz, me distraigo completamente y me sumerjo en algún vuelo de mi fantasía, tal vez planeando lo que voy a escribir en este artículo sobre el tordo o sobre el dolor de barriga que con toda seguridad va a padecer si sigue comiendo tantos gusanos. O tal vez me pregunte cómo se siente un gusano, jalado y estirado como si fuese una cinta elástica y, después, troceado en pequeños bocados para pájaro.

Entretanto, claro está, el pájaro prosigue con su actividad, mientras yo abandono el huerto totalmente sumido en exaltadas reflexiones sobre nuestra querida Madre Naturaleza —con su pico de ave y sus "dientes y garras ensangrentadas"—, todo lo cual propicia más nobles reflexiones sobre el problema del sufrimiento en el universo. Por último, concluyo mi trabajo matinal sobre la "observación de las aves" preguntándome qué habrá para almorzar y esperando vagamente ¡que no sean espaguetis!

Afrontar con pura atención la escena que se presenta justo en el instante presente, despojada de memoria, anticipación y juicios, es prácticamente imposible para los seres humanos. Vemos lo que estamos buscando, lo que se nos ha dicho que tenemos que ver, lo que el lenguaje nos permite ver o aquello que podernos utilizar de algún modo, a pesar de que, durante breves momentos seamos capaces de mantener la mirada fija en el gusano, el pájaro, el bebé, la flor o lo que sea, haciendo todo lo posible para percibir lo que hay. Y no sólo eso, sino que tenemos miedo de que, cuanto más mayores seamos y mejor informados estemos, más distraídos estaremos (por no decir ¡chalados!). Los profesores despistados no son una mera historia relatada por estudiantes crueles. ¿Acaso Isaac Newton no puso su reloj a hervir para medir el tiempo de cocción de un huevo?

Sin embargo en cierto sentido Newton no sólo era una de las personas más conscientes de su época sino también de cualquier otra época, y tenía una gran capacidad de observación... ¿Pero qué era capaz de observar? No cabe duda que, en la medida en que vamos madurando, nos tornamos cada vez mas conscientes, con lo que la topografía de nuestro campo atencional se amplía asombrosamente No obstante, para equilibrar esta adquisición, nuestra conciencia se ve contaminada progresivamente por contenidos verbales y mentales que nublan y casi obliteran la escena completa. Percibimos el mundo a través de una espesa niebla. De ese modo hay personas cuya visibilidad se reduce hasta el punto de que son tildadas de "locos", viviendo en un mundo de sueños personales sin contacto alguno con la "realidad" y teniendo necesidad incluso de cuidados institucionales. Los budistas sostienen que, hasta que no alcanzamos la iluminación, todos nosotros padecemos esa clase de locura.

Llegan a afirmar incluso que es precisamente nuestro fracaso en prestar atención a lo que hay, lo que constituye el principal problema con que nos enfrentamos. "El camino —afirma el Buda— para resolver los problemas y la desarmonía, para trascender el sufrimiento físico y mental y para adentrarse en el sendero que conduce al Nirvana, es la práctica de la atención", esto es, la atención al cuerpo, las sensaciones, los estados mentales y los conceptos, lo cual es un índice del carácter eminentemente práctico de este enfoque. Todos queremos sufrir menos y liberamos de nuestros temores más profundos y el único modo de conseguirlo —sostiene el budismo— es la conciencia.

¿Qué hacer pues? Una cosa es evidente desde el principio: no cabe duda de que no podernos volver a la infancia ni tampoco a la unidireccionalidad atencional de los seres infrahumanos. Pero, en cambio, sí que podemos ir ejercitándonos en el ejercicio de la atención paso a paso y con la ayuda de expertos, de igual modo que muchas personas se entrenan en el patinaje artístico, el ajedrez o el canto.

En gran medida el budismo Theravada consiste en el adiestramiento de la atención. Por ejemplo, en el ejercicio de la atención al andar, donde caminamos con movimientos muy lentos advirtiendo minuciosamente cada pequeña sensación de tacto, tensión y ajuste muscular. (Para el espectador profano, uno parece retornar a la etapa reptiliana de nuestra historia ancestral. pero ¿a quién le importa cuando las recompensas prometidas son tan grandes?) Por su parte, en el ejercicio de atención a la respiración, el adepto "observa" y cuenta sus inspiraciones y espiraciones tal vez durante horas. Al principio, no tardamos en olvidar rápidamente lo que se supone estarnos haciendo y dejamos de contar, pero la pericia en la práctica nos permite ir mejorando paulatinamente. Y lo mismo se aplica a todas las actividades cotidianas corno vestirse y desvestirse atentamente, comer y defecar, etcétera, hasta que cada momento acaba siendo rescatado de la inconsciencia.

Necesitando tanto tiempo y esfuerzo, es de agradecer que los beneficios derivados de esta disciplina sean tan impresionantes. A continuación enumeramos cinco de ellos. En primer lugar, todo lo que se lleva a cabo con atención, esta mejor hecho. Así, por ejemplo podemos observar que, cuando las visitas nos ayudan a lavar los platos, las personas atentas hacen el doble de trabajo que el resto, sin interrupciones y (¡benditos sean!) sin dejarlo todo desordenado después. En segundo lugar realmente disfrutan fregando los platos porque no es la monotonía de un determinado trabajo lo que lo torna aburrido sino la falta de atención. Tercero, ¿en qué medida el miedo y el sufrimiento que experimentamos no se derivan del hecho de incluir en el momento presente cosas que no forman parte de él? ¿Cuánto dolor real sufrimos en el sillón del dentista? En cuarto lugar, las recompensas a largo plazo que nos promete este adiestramiento son desapego y conocimiento de nosotros mismos. Cuanto más aflore de nosotros mismos a la superficie de la conciencia, menos problemas nos causaremos.

La quinta y principal razón para la práctica de la atención es ir ajustando la atención desde lo que esta siendo experimentado hacia QUIEN lo experimenta. En una palabra, la iluminación.

El budismo Theravada no brinda ningún atajo al Nirvana sino que insiste en este largo y arduo entrenamiento preliminar, algo que resulta rnás bien desalentandor para las personas que como yo —y me atrevería a decir que como cualquiera— tenemos muchas reservas a la hora de pagar semejante precio por unos posibles beneficios desconocidos. Soy muy tacaño cuando se trata de comprar un regalo tan caro sin saber antes en qué consiste.

Pero armémonos de valor. Hay otras posibilidades. El gran maestro zen japonés Ummon nos brinda algunas palabras de consuelo: "En el Zen, la iluminación viene primero y deshacerse del mal karma después". Reciba la entrega del televisor ahora, comience a disfrutar de él inmediatamente y pague después. Y lo que resulta especialmente atractivo acerca de esta gran oferta es que ¡pagarnos al tiempo que disfrutamos de ella! Es decir, alcanzarnos la iluminación poniéndola en practica. Otro gran maestro, Ramana Maharshi, de Tiruvannamalai, nunca se cansaba de repetir a sus discípulos incrédulos que la iluminación o la liberación es la cosa más fácil, sencilla y natural del mundo: lo que realmente somos es más simple que sostener una fruta en la palma de la mano.

Bien, si la Conciencia última es tan accesible como proclaman éstos y muchos otros expertos de reconocido prestigio, entonces, accedamos a ella antes de llegar al final de estas páginas. ¡No, no trato de engañar a nadie! Diez minutos deben ser más que suficientes.

La conciencia iluminada (suprahumana)

Dirijamos ahora nuestra atención hacia la experiencia presente, a lo que esta con nosotros en este mismo instante, desechando (tan lejos como sea posible) la memoria, la imaginación y el deseo y ateniéndonos sencillamente a lo dado. ¿Serás tan amable de ser conmigo como un niño durante algunos minutos?

Ahora mismo sostienes con ambas manos la página cubierta de líneas con signos de color negro (las palabras impresas) y tus dedos no forman parte de lo que ves. Mientras observas directamente la pagina impresa, advierte cómo las dos manos están conectadas con ambos brazos, que surgen difusamente y se disuelven al unísono en la zona en torno a los hombros (¿qué hombros?). Observa también cómo, entre los brazos borrosos, se extiende la zona del pecho que también resulta algo borrosa y desaparece supuestamente en la zona inferior del cuello (¿qué cuello?). Intenta trazar con tu dedo la "línea del cuello" donde acaba el pecho y cobra conciencia de cuál es tu propio lado, el lado mas cercano, de esta permanente decapitación.

(¿No es extraño que obviemos completamente esas zonas tan próximas, negándonos a ver lo que hay aquí donde lo que más importa es la visión y la falta de sinceridad constituye un desastre?)

Pongamos otro ejemplo. Según tu propia experiencia directa ¿estás ahora prestando atención a estas marcas negras a través de tus dos (repito, dos) pequeñas ventanas ubicadas en esa forma globular llamada cabeza? Si es así, por favor ten la bondad de describir cuáles son las sensaciones que experimentas en esa zona. ¿Congestión? ¿Lucidez? ¿Densidad? ¿Pequeñez?

¿O, por el contrario, es evidente que tu percepción directa en este momento no te permite encontrar nada en absoluto, nada sino espacio, allí donde crees tener una cabeza? ¿Pero qué contiene dicho espacio? ¿Es un espacio que alberga las palabras, la página, el pecho y los brazos, una clara e ilimitada capacidad o extensión, tan vívida como vacía, llena de todas las cosas y capaz de acoger todas las escenas en continuo cambio? ¿Es un espacio que, a veces, también acoge a nuestra cabeza y nuestra cara, allí donde solemos ubicarlas y mantenerlas, tras el espejo, con un tamaño aproximado de la cuarta parte del tronco y flotando del revés a un metro de su torso?

¡De acuerdo, lo has comprendido! Ahora puedes ver con total claridad quién eres y lo que siempre has sido, es decir, la Desaparición en favor de los otros, la Vacuidad que es consciente de sí misma en tanto que ninguna cosa y que, en consecuencia puede ser consciente de todas las cosas. Una vez que nuestra atención repara en ella, ¿cómo íbamos a dejar de ver la más obvia de todas las visiones?

¡Felicidades! Estás iluminado, como siempre lo estuviste.

Pero ahora viene la parte más difícil. Ver lo que realmente somos es la cosa más sencilla que se puede hacer en el mundo, pero también la más difícil de mantener, por lo menos, al principio. Por lo general, se tardan meses, años e incluso décadas en volver completamente a nuestro hogar, al lugar que ocupamos (o que más bien desocupamos, puesto que es el mundo el que hace eso) y en llegar a dominar el arte de permanecer centrados, de quedarnos adentro o de vivir desde nuestro propio espacio y no desde nuestra cara. No obstante, ahora sabes el modo de llegar aquí y puedes visitar tu hogar siempre que te plazca e independientemente de tu estado de ánimo. Y, una vez hayas cruzado el umbral, estarás plenamente en tu hogar, donde es imposible dar un paso en falso. En este punto, la practica no aporta perfección alguna porque nuestro hogar es perfecto desde el principio. En este momento, no podemos ver a medias nuestro no-rostro, ni tampoco ver tan sólo la mitad de él. No existen grados en la iluminación: es todo o nada.

Naturalmente hay muchos, muchísimos métodos para volver al hogar de donde nunca partimos.

A continuación, explicaré algunos de los que me resultan más útiles. Es posible que, entre ellos, tú también encuentres alguno adecuado a tus necesidades.

Cómo seguir adelante

Cuando la acojo, cualquier cara ajena basta para disipar la ilusión de que tengo una cara encima de mis hombros. ¿Cómo podría acoger el rostro de los demás con todos sus pequeños detalles si este extremo estuviese bloqueado por alguna otra cosa? Descubro entonces que nunca jamas he estado cara a cara con nadie. Esta asimetría constante es el principio del amor y el final del temor. Imaginar que tengo un escudo o un muro con el que mantener alejados a los demás equivale a rechazarlos, separarlos, temerlos y odiarlos. El único remedio consiste en ver que estarnos diseñados para la apertura y el amor.

El espejo me confirma la amplia apertura que hay justo aquí donde estoy. De ese modo el mismo objeto que, en el pasado, me sirviese para ponerme una cara encima, me sirve ahora para desprenderme de ella. ¡Ahora me miro en el espejo y veo lo que no soy!

Y si se me ocurre objetar que todo esto es muy visual y que, cuando me palpo pellizco y golpeo, puedo sentir realmente algo sólido llenando ese aparente vacío que hay en el centro de mi mundo, aun así, no consigo encontrar ninguna cosa en absoluto, y mucho menos una cosa enteramente de una sola pieza rosácea blancuzca y peluda. En lugar de esto, lo único que percibo es una sucesión de sensaciones táctiles que no son mas sustanciales que los sonidos, los olores y los sabores, que también emergen y desaparecen en el mismo espacio.

Sin embargo, para poder explicar todo esto a una persona ciega tendría que ponerme en su lugar y tratar de "volverme ciego" yo también cerrando los ojos (¿que ojos?) e intentando localizar mi forma, mis límites, mi altura y peso, mi sexo... y, en suma, todas las cosas con las que me identifico y que, en ese momento, no puedo encontrar. Soy el espacio inmóvil e ilimitado donde ocurren las sensaciones, el silencio donde se producen los sonidos fugaces y la no-mente que alberga este desfile de pensamientos y sensaciones. Estoy completamente limpio. No soy nadie. Sin embargo, no tengo ningún sentimiento de pérdida, sino todo lo contrario: soy consciente de mi mismo como indemne, cómodo, aliviado de una pesada carga. Me sienta bien sólo ser. YO SOY sienta incomparablemente mejor, mucho más natural, que cuando SOY ALGUIEN.

Y si sospecho que no es en la contemplación pasiva sino en la acción donde redescubriré a ese alguien desaparecido, ¿por qué entonces me muevo? ¡Sólo para constatar que yo jamás me muevo! Es el paisaje el que camina, trota, corre, empuja y danza a través de mí. Este espacio aquí es para que las cosas se muevan en él, no para moverse. Sugeriría ahora que te pongas de pie y gires sobre ti mismo. De acuerdo a tu experiencia directa en este momento, ¿eres tú él que da vueltas o es la habitación?

¿Pero cómo reconciliar ese humano móvil, con cabeza, con límites, opaco, que usted dice que yo soy, con mi negación de todo eso? ¿Quién tiene razón?

Ambos tenemos razón. Lo que yo parezco depende del punto desde el que efectuemos la observación. A una distancia de unos dos metros de mi centro puedes encontrar a un ser humano. Si te acercas más, encontrarás el rostro, la piel y (en el caso de que dispongas de los instrumentos necesarios) tejidos, células y moléculas... hasta que, en el punto de contacto, me desvanezca completamente. Así pues, confirmarás la visión que tengo de mí mismo desde mi propio punto de vista. Por el contrario, si te alejas cada vez más de mi centro, irás descubriendo una casa, una ciudad, un país, un planeta, una estrella (el Sistema Solar), una galaxia (la Vía Láctea) y, nuevamente en el extremo límite, nada en absoluto. De ese modo, la perspectiva que obtienes de mí y mi propia visión se complementan y confirman recíprocamente.

El fin del sueño

Así pues, habiendo contemplado ahora nuestra verdadera naturaleza y valorado adecuadamente lo que vemos, sabemos qué es lo que más contribuye a recordarnos esta visión hasta que se convierta en algo completamente natural y carente de esfuerzo. Seguramente, algunos de los experimentos e indicadores mencionados también te servirán a ti. Si realmente querernos vivir una vida consciente, despertar de nuestro sueño social y ser lo que realmente somos, todo lo que encontramos en nuestro camino puede servirnos de ayuda y empujarnos hacia esa meta suprema.

La realización no significa comprender que somos conscientes, sino que nunca hemos dejado de serlo, puesto que la Conciencia constituye nuestro mismo ser.

Este artículo fue publicado en español primero en el libro de Richard Lang Ver lo que realmente somos (Ediciones La Llave) y en el libro de Douglas Harding La vía de un metro (Sanz y Torres).
Fuente: The Headless Way